Pensar sin palabras, denominado formalmente «anendofasia» por los investigadores en 2024, es una variante cognitiva validada científicamente que muestra diferencias cuantificables en la memoria de trabajo verbal, más que en la inteligencia general; y comprender tu propio perfil de discurso interior, ya sea a través de la autorreflexión o con la ayuda de un terapeuta titulado, puede suponer un paso significativo hacia una mayor conciencia de uno mismo y una comunicación más clara.
¿Te has preguntado alguna vez si la voz en tu cabeza que narra tu día a día es algo que todo el mundo experimenta? La realidad del monólogo interior es mucho más variada de lo que la mayoría de la gente supone, y descubrir en qué punto de ese espectro te sitúas podría cambiar la forma en que entiendes tu propia mente.
¿Qué es un monólogo interior?
Cierra los ojos y piensa en lo que tienes que hacer mañana. ¿Oyes una voz en tu cabeza que te va enumerando la lista? Para mucha gente, la respuesta es sí. Esa voz interna, la que parece «expresar» tus pensamientos en cuanto los tienes, se denomina monólogo interior. Se conoce con varios nombres: discurso interno, diálogo interno, endofasia (el término técnico para el discurso interno silencioso) o pensamiento verbal. Lo llames como lo llames, la experiencia es como escuchar tu propia voz dentro de tu mente, sin emitir ningún sonido.
Esta voz interior hace mucho más que simplemente enumerar tareas. Ensaya conversaciones antes de que tengan lugar, repasa momentos después de que ocurran y ofrece un comentario continuo sobre la vida cotidiana. Las investigaciones sobre el habla interior y el diálogo interno muestran que adopta muchas formas, desde la planificación y la resolución de problemas hasta la autorregulación emocional y el pensamiento creativo. Para las personas que lo experimentan con regularidad, puede resultar tan natural y constante como respirar.
A nivel neurológico, el habla interior implica la activación sutil de las áreas del cerebro relacionadas con la producción del habla, en particular el área de Broca, sin que se produzca ninguna vocalización real. Los estudios sobre la neurobiología del discurso interior lo describen como una especie de ensayo subvocal, en el que el cerebro simula los movimientos del habla sin activar las cuerdas vocales. Esta conexión entre el pensamiento y el lenguaje también ayuda a explicar por qué los patrones del discurso interior están estrechamente vinculados a trastornos como los del estado de ánimo, en los que la rumiación puede convertir la voz interior en un bucle incesante.
La mayoría de las personas que tienen un monólogo interior intenso dan por sentado que todo el mundo piensa así. Esa suposición es comprensible, pero resulta ser errónea. El habla interior existe en un continuo. Algunas personas lo experimentan casi constantemente, otras se sintonizan con él de vez en cuando, y otras rara vez o nunca oyen una voz interna. Este último grupo suele sorprender a la gente, y para entender por qué hay que analizar más detenidamente en qué consiste realmente pensar sin palabras.
¿Es habitual no tener monólogo interior?
Quizá hayas visto la afirmación de que entre el 30 y el 50 por ciento de las personas carecen de monólogo interior. Se difundió ampliamente tras una publicación viral en las redes sociales en 2020, y suena lo suficientemente precisa como para resultar convincente. El problema es que tergiversa la investigación en la que se basa. Entender de dónde procede realmente esa cifra cambia considerablemente el panorama.
La cifra se remonta al trabajo del psicólogo Russell Hurlburt, quien desarrolló un método denominado «muestreo descriptivo de experiencias» (DES, por sus siglas en inglés). En los estudios DES, los participantes llevan un localizador que suena en momentos aleatorios a lo largo del día, y anotan exactamente lo que estaba pasando en su mente en ese instante. Entre los numerosos participantes y los miles de momentos muestreados, la tan citada estadística del 30-50 % de monólogo interior refleja el hallazgo de Hurlburt de que el discurso interior aparecía, de media, en aproximadamente el 26 % de los momentos. Pero esa media oculta una enorme variación: algunas personas informaron de que tenían discurso interior en casi todos los momentos muestreados, mientras que otras no lo tuvieron en casi ninguno.
Hurlburt medía la frecuencia del discurso interior a lo largo de los momentos de la vida cotidiana, no clasificaba a las personas en dos grupos. La interpretación que se hizo viral convirtió sus hallazgos en una dicotomía: o bien tienes un monólogo interior o bien no lo tienes. Ese enfoque no es lo que muestran sus datos. Lo que sí muestran los datos es un amplio espectro, en el que la mayoría de las personas se sitúan en algún punto intermedio, dependiendo de lo que estén haciendo en un momento dado.
Una investigación más reciente de Nedergaard y Lupyan (2024), que cuestiona si algunas personas realmente carecen de voz interior, adoptó un enfoque diferente, utilizando una escala de autoinforme para medir con qué frecuencia las personas experimentan el diálogo interior como rasgo general. Encontraron una variación significativa en la población, con un pequeño subgrupo que obtuvo puntuaciones muy bajas en la frecuencia del diálogo interior. Este grupo representa lo que algunos investigadores denominan ahora «anendofasia», un término que se analiza en la siguiente sección.
Los estudios no se contradicen entre sí, sino que miden aspectos diferentes:
- La investigación DES de Hurlburt: capta el habla interior en tiempo real, en momentos aleatorios. Constata su presencia en aproximadamente el 26 % de los casos muestreados de media, con rangos individuales que van desde casi el 0 % hasta más del 75 %.
- Nedergaard y Lupyan (2024): utilizan la tendencia a nivel de rasgo autoinformada. Identifican un subgrupo que informa sistemáticamente de un habla interior muy baja en todas las situaciones.
- Estudios experimentales con medidas indirectas: utilizan tareas como la repetición verbal o la supresión articulatoria para inferir el habla interna de forma indirecta, lo que da lugar a otro conjunto de estimaciones.
La conclusión es clara: las cifras varían porque los investigadores miden cosas diferentes. La frecuencia del diálogo interno en un momento dado no es lo mismo que la tendencia general de una persona, y ninguna de las dos es lo mismo que una medida indirecta de laboratorio.
Hay un punto que merece la pena dejar claro: tener poco o ningún monólogo interior no es un trastorno, un déficit ni un diagnóstico. Es una variación en el funcionamiento de la mente y, para la mayoría de las personas que lo experimentan, simplemente les resulta normal.
¿Qué es la anendofasia? La ciencia que hay detrás de la mente silenciosa
Durante mucho tiempo, las personas que piensan sin palabras no tenían un nombre concreto para su experiencia. Eso cambió en 2024, cuando los investigadores Johanne Nedergaard y Gary Lupyan introdujeron formalmente el término «anendofasia» en la revista Psychological Science. La palabra proviene de las raíces griegas: an- (sin), endo- (dentro) y phasia (habla). Traducido literalmente, significa «sin habla interna». Por primera vez, la ciencia disponía de una etiqueta precisa para algo con lo que millones de personas podrían haber estado conviviendo en silencio.
Nedergaard y Lupyan hicieron algo más que nombrar el fenómeno. Desarrollaron una escala de autoevaluación validada para identificar a las personas que se encontraban en los extremos de la experiencia del habla interior y, a continuación, llevaron a cabo una serie de experimentos conductuales para comprobar si esas diferencias se reflejaban realmente en la forma de pensar y actuar de las personas. Según su investigación sobre las consecuencias conductuales de la anendofasia, los resultados fueron sorprendentes y específicos.
Los participantes que obtuvieron una puntuación baja en el habla interna obtuvieron resultados notablemente peores en las tareas de juicio de rima —en las que hay que decidir si dos palabras suenan igual— y en las tareas de memoria de trabajo verbal, que implican retener y manipular palabras en la mente. Ambas son tareas que dependen en gran medida del lenguaje interno. Si no se tiene una voz mental de fondo, esas tareas cognitivas concretas se vuelven más difíciles.
Lo que hizo que los hallazgos fueran especialmente significativos fue lo siguiente: las personas con un bajo nivel de habla interna obtuvieron resultados tan buenos como el resto en el cambio de tareas, es decir, la capacidad de desplazar la atención entre diferentes tipos de problemas. Esta distinción es importante. Nos indica que la anendofasia no es una limitación cognitiva general, sino específicamente verbal. La mente sin habla interior no es una mente más lenta ni menos capaz. Simplemente procesa ciertas cosas de manera diferente.
Los investigadores fueron sinceros respecto a las limitaciones del estudio. El tamaño de las muestras era relativamente pequeño, y la principal forma de clasificar a los participantes fue a través de la autoevaluación, lo que significa que los datos dependen de que las personas describan con precisión su propia experiencia interior. Verificar algo tan privado como un proceso de pensamiento sigue siendo uno de los auténticos retos en este campo.
Aun así, la denominación formal de «anendofasia» tiene un peso real. Cuando una experiencia por fin cuenta con una palabra que la define, las personas que se han sentido silenciosamente diferentes obtienen algo concreto: una forma de describirse a sí mismas. Y la ciencia gana un punto de apoyo para investigar más a fondo cómo la mente puede funcionar de maneras fundamentalmente diferentes.
¿Por qué algunas personas carecen de voz interior?
No hay una respuesta única y clara a por qué el habla interior varía tanto de una persona a otra. La explicación más honesta es que probablemente se deba a una combinación de la estructura cerebral, el desarrollo temprano, las experiencias vitales y el estilo cognitivo. Lo que los investigadores han deducido apunta a una variación, no a un defecto.
Cómo el desarrollo puede influir en el habla interior
El psicólogo Lev Vygotsky propuso que el lenguaje interior no aparece ya completamente formado. En cambio, se desarrolla gradualmente a medida que los niños interiorizan el lenguaje externo que oyen y utilizan. Los niños pequeños suelen narrar sus propias acciones en voz alta antes de que esa narración se traslade al interior y se convierta en silencio. Si este proceso de interiorización se desarrolla de forma diferente en cada niño —ya sea debido al entorno lingüístico, a la exposición temprana a varias lenguas o a las tendencias cognitivas individuales—, el resultado puede ser una voz interior más silenciosa, menos verbal o estructurada de una forma completamente diferente.
El bilingüismo es un ejemplo digno de mención. Las personas que crecen utilizando dos idiomas pueden desarrollar sistemas de representación más flexibles, recurriendo a veces menos a un único flujo verbal y más al pensamiento conceptual o basado en el significado.
Lo que nos dice la neurociencia
Las investigaciones con técnicas de imagen cerebral muestran que el habla interior activa de forma fiable las regiones del lenguaje del hemisferio izquierdo, incluidas el área de Broca (una región implicada en la producción del habla) y el área motora suplementaria (que ayuda a coordinar el movimiento y la planificación). La investigación sobre la estructura multidimensional del habla interior y sus fundamentos neurológicos pone de relieve que las diferencias individuales en la forma en que se organizan y activan estos circuitos pueden ayudar a explicar por qué algunas personas experimentan un pensamiento verbal intenso, mientras que otras no.
Dicho esto, no se ha identificado ningún gen ni lesión cerebral concretos como causa de una voz interior más silenciosa. Se trata, casi con toda seguridad, de un rasgo poligénico, lo que significa que muchos genes contribuyen de forma leve, y que el entorno y la experiencia lo moldean aún más.
Neurodiversidad y estilo cognitivo
Algunas personas autistas y algunas personas con TDAH refieren un discurso interior reducido o cualitativamente diferente en comparación con las personas neurotípicas. Esto no significa que el pensamiento interior esté ausente. A menudo significa que el pensamiento se produce a través de otros formatos representativos: imágenes visuales, razonamiento espacial, sensaciones cinestésicas o conocimiento conceptual abstracto que no se vincula en absoluto a las palabras.
Para la mayoría de las personas que carecen de una voz interior verbal, el habla no ha desaparecido sin más. Ha sido sustituida por otras formas igualmente válidas de representar y procesar el mundo. El cerebro tiene una capacidad de adaptación extraordinaria, y pensar de forma eficaz no requiere un comentario verbal continuo.
¿Cómo se siente realmente pensar sin palabras?
Describir la ausencia de habla interior es un poco como intentar describir el silencio. No es la nada, pero tampoco es ese murmullo verbal constante que mucha gente da por sentado que todo el mundo tiene. El pensamiento no verbal puede adoptar varias formas: imágenes visuales vívidas, razonamiento espacial, una sensación corporal o lo que el investigador Russell Hurlburt denomina «pensamiento no simbolizado», que es un pensamiento con un contenido claro pero sin palabras, imágenes ni ningún otro medio perceptible.
Un día sin narración interior: dos escenarios paralelos
Imaginemos a dos personas que se despiertan en una misma mañana ajetreada. La persona que piensa de forma verbal la afronta con un comentario continuo: «Vale, primero la ducha, luego el café, no te olvides de responder a ese correo electrónico». Cada paso recibe una etiqueta, una frase, un pequeño anuncio interno.
El pensador no verbal afronta la misma mañana de forma diferente. Puede que vea una imagen mental de la cafetera antes de dirigirse a ella, que sienta una punzada de tensión en el pecho al recordar el correo electrónico, o que simplemente sepa el orden de las tareas sin necesidad de expresárselo a sí mismo. No hay narración, pero tampoco hay confusión. El conocimiento simplemente está ahí.
Ahora ambas personas abren un correo difícil de un compañero. La persona que piensa de forma verbal lo lee y empieza inmediatamente a redactar una respuesta interna. La persona que piensa de forma no verbal puede sentir una oleada de calor, ver una imagen fragmentada de la reunión a la que se hace referencia y tener ya una idea clara de lo que quiere decir, todo ello antes de que surja una sola palabra en su mente. Más tarde esa noche, al procesar el conflicto antes de dormir, la persona que piensa de forma verbal repasa la conversación en un diálogo interno. La persona que piensa de forma no verbal podría revivirla como una serie de imágenes, una sensación física persistente o una tranquila certeza sobre cómo están las cosas.
El pensamiento no simbolizado y la experiencia de «simplemente saber»
De todas las formas que puede adoptar el pensamiento no verbal, el pensamiento no simbolizado es el más difícil de explicar. Tal y como describe Hurlburt en su investigación sobre la fenomenología del habla interior y el pensamiento no simbolizado, consiste en tener un pensamiento sin que lo transmitan palabras, imágenes u otros símbolos. El contenido es real y claro, pero no hay ningún medio sensorial que se pueda señalar.
Por ejemplo, una persona podría estar decidiendo qué comer para almorzar y, sencillamente, llegar a la conclusión de que quiere sopa con total certeza, sin imaginarse la sopa, sin pronunciar la palabra internamente ni sentir un antojo de ninguna forma describible. La decisión simplemente está ahí. A muchos pensadores no verbales les resulta casi imposible explicar esto a los pensadores verbales, en parte porque la experiencia no deja ningún rastro evidente que se pueda relatar.
Esta es también la razón por la que tantas personas solo descubren más adelante en la vida que su estilo de pensamiento es inusual. Puede que lean una publicación en Internet sobre el monólogo interior, sientan una sacudida de reconocimiento y se den cuenta por primera vez de que los demás llevan todo este tiempo narrando sus vidas internamente.
Cuando las palabras aparecen a veces, pero no siempre
Para un gran número de personas, la realidad es una mezcla. El discurso interior aparece para tareas específicas y desaparece para otras. Es posible que ensayes en silencio una frase antes de decirla en voz alta y, a continuación, pases a un razonamiento puramente espacial en el momento en que empiezas a orientarte por un barrio desconocido. El procesamiento emocional antes de dormir puede producirse íntegramente a través de sensaciones, mientras que planificar una presentación hace aflorar fragmentos de discurso interno.
Esta variabilidad significa que el estilo de pensamiento no es una categoría fija. Cambia según el contexto, la exigencia cognitiva y el tipo de problema que se plantee. Reconocer tus propios patrones, incluyendo cuándo las palabras ayudan y cuándo no, puede ser un paso significativo para comprender cómo funciona realmente tu mente.
¿Afecta la falta de diálogo interno a la cognición o a la memoria?
Si no tienes un monólogo interior, ¿significa eso que tu memoria o tu pensamiento se ven de alguna manera mermados? La investigación ofrece una respuesta matizada: depende de la tarea.
Un estudio de 2024 realizado por Nedergaard y Lupyan reveló que las personas con un bajo nivel de diálogo interno mostraban diferencias cuantificables en tareas verbales específicas. Obtuvieron peores resultados en pruebas de memoria de trabajo verbal y en tareas fonológicas, como determinar si dos palabras riman. Sin embargo, no mostraron ninguna desventaja en tareas de función ejecutiva, como el cambio de tarea. Los investigadores también encontraron pruebas que respaldaban esta conclusión en estudios sobre el rendimiento de la memoria de trabajo y el cambio de tarea, lo que ayudó a distinguir en qué casos el diálogo interno es realmente importante y en cuáles no.


