Se estima que las experiencias cercanas a la muerte afectan a entre el 4 % y el 18 % de los supervivientes de un paro cardíaco y producen sistemáticamente profundas secuelas psicológicas, entre las que se incluyen la alteración de la identidad, tensiones en las relaciones y cambios en los valores; terapias basadas en la evidencia, como la atención informada sobre el trauma, la terapia narrativa y el EMDR, pueden ayudar a los supervivientes a procesar e integrar estas experiencias con el apoyo terapéutico profesional.
Sobrevivir a una experiencia cercana a la muerte parece un regalo. Para muchas personas, también se convierte en uno de los acontecimientos que más aislamiento emocional provocan en sus vidas. Las experiencias cercanas a la muerte no terminan simplemente al abrir los ojos: remodelan la identidad, tensan las relaciones y exigen un tipo de integración para la que la mayoría de los profesionales clínicos no están preparados para ofrecer apoyo.
Modelos explicativos y la neurociencia que subyace a las experiencias cercanas a la muerte
Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) son acontecimientos psicológicos profundos descritos por personas que han estado a punto de morir o que han sufrido una muerte clínica y han sido reanimadas. No son infrecuentes. Las estimaciones sugieren que entre el 4 % y el 15 % de los supervivientes de un paro cardíaco relatan algún tipo de ECM, lo que convierte este fenómeno en algo que los médicos e investigadores ya no pueden considerar meramente anecdótico. La herramienta de medición más utilizada es la Escala Greyson de ECM, un cuestionario validado de 16 ítems que puntúa las experiencias en función de características cognitivas, afectivas, paranormales y trascendentales. Una puntuación de 7 o más se considera una ECM completa. Este enfoque estandarizado ha permitido a los investigadores comparar experiencias entre diferentes culturas, edades y contextos médicos con mucha mayor precisión.
Entonces, ¿qué ocurre realmente en el cerebro durante estos episodios? Existen varios modelos contrapuestos que intentan responder a esa pregunta.
Las principales hipótesis neurológicas
El modelo de la anoxia y la hipoxia propone que la privación de oxígeno en el cerebro desencadena una cascada de descargas neuronales desinhibidas, lo que produce alucinaciones vívidas, visión de túnel y sensaciones de euforia. En apoyo de esto, se han detectado picos de oscilaciones gamma en el cerebro moribundo en los registros de EEG durante un paro cardíaco, lo que sugiere un pico medible de actividad neuronal coordinada en el momento en que el cerebro pierde el flujo sanguíneo. La hipótesis de la intrusión del sueño REM, desarrollada por Nelson y sus colegas, propone que los estados cercanos a la muerte hacen que el cerebro entre en un modo similar al sueño REM mientras la persona sigue técnicamente despierta, mezclando rasgos del estado onírico con la experiencia consciente. Un tercer modelo apunta a la liberación endógena de DMT: la idea de que la glándula pineal o los pulmones inundan el cerebro con dimetiltriptamina bajo un estrés fisiológico extremo, produciendo la sensación característica de entrar en otro reino. El modelo de bloqueo de los receptores NMDA establece paralelismos entre la fenomenología de las ECM y los efectos disociativos de la ketamina, una droga que bloquea los receptores NMDA del glutamato y puede producir sensaciones extracorporales y de paz.
Un análisis exhaustivo de los modelos neurológicos y fisiológicos de las experiencias cercanas a la muerte deja claro que cada una de estas hipótesis capta algo real, aunque ninguna explica por completo el panorama general. Los casos de percepción verídica, en los que las personas relatan con precisión acontecimientos que no podrían haber presenciado desde su posición física, y los relatos de personas ciegas de nacimiento que describen experiencias visuales durante las ECM, siguen siendo realmente difíciles de conciliar con modelos cerebrales puramente reduccionistas. Estos casos límite no prueban nada sobrenatural, pero sí revelan los límites de la ciencia actual.
Por qué el desencadenante importa menos que la transformación
El debate sobre qué causa las ECM es menos relevante que la cuestión de cómo afectan a las personas después. Ya sea que el desencadenante sea la hipoxia, la intrusión de la fase REM o una inundación neuroquímica, las secuelas psicológicas son consistentes, medibles y, a menudo, transformadoras. La alteración neurológica implicada puede entrecruzarse con los trastornos traumáticos de formas complejas, y es precisamente en la comprensión de esa intersección donde se encuentran los conocimientos más relevantes desde el punto de vista clínico.
Estudios de investigación: la base empírica de la psicología de las ECM
Durante décadas, las experiencias cercanas a la muerte se situaron en el espacio entre el testimonio personal y la curiosidad científica. Esto cambió cuando los investigadores comenzaron a aplicar una metodología rigurosa a lo que antes se había descartado como mera anécdota. A continuación se ofrece una visión general de los estudios emblemáticos que sentaron las bases empíricas, junto con un análisis sincero de los ámbitos en los que la ciencia aún tiene margen de mejora.
De las entrevistas a los instrumentos: cómo evolucionó la investigación sobre las ECM
El estudio moderno de las experiencias cercanas a la muerte comenzó con el libro de Raymond Moody de 1975, *Life After Life* (La vida después de la vida). A partir de 150 entrevistas, Moody identificó 15 elementos recurrentes, entre ellos la sensación del túnel, el repaso de la vida y los encuentros con familiares fallecidos. Su trabajo fue más descriptivo que empírico, lo que significa que catalogó patrones sin grupos de control ni análisis estadístico. Su valor radicó en dar nombre al fenómeno y proporcionar a los investigadores un vocabulario con el que trabajar.
Kenneth Ring tomó ese vocabulario y construyó una herramienta de medición en torno a él. En 1980 y de nuevo en 1984, Ring llevó a cabo los primeros estudios sistemáticos utilizando un grupo de control, desarrollando el Índice Ponderado de Experiencias Fundamentales (WCEI) para evaluar la profundidad de una ECM. En un grupo de 102 personas que habían estado al borde de la muerte, documentó cambios consistentes en sus valores: menor miedo a la muerte, mayor empatía y un sentido más fuerte de propósito. No se trataba de cambios sutiles, sino que eran medibles y duraderos.
El campo alcanzó un punto de inflexión en 2001, cuando Pim van Lommel y sus colegas publicaron en *The Lancet* un estudio prospectivo en el que participaron 344 supervivientes de un paro cardíaco. El 18 % declaró haber tenido una ECM. Un aspecto fundamental es que van Lommel realizó un seguimiento de los participantes durante ocho años y descubrió que la transformación de la personalidad persistía mucho tiempo después del propio suceso. Algunos participantes también describieron síntomas compatibles con las dificultades de recuperación del trastorno de estrés postraumático (TEPT), lo que subraya que volver de una experiencia cercana a la muerte no siempre es sencillo desde el punto de vista psicológico.
Los estudios AWARE de Sam Parnia llevaron la metodología un paso más allá. AWARE I (2014) fue un diseño prospectivo multicéntrico que colocó objetivos visuales ocultos en las salas de reanimación para comprobar si las experiencias extracorporales implicaban una percepción genuina. Se identificó un caso verificado como verídico, lo que significa que un paciente describió con precisión acontecimientos ocurridos durante el paro cardíaco que no podría haber presenciado desde su posición física. AWARE II, publicado en 2023, amplió el análisis de biomarcadores de la conciencia durante la reanimación, encontrando pruebas de actividad cerebral organizada en algunos pacientes en una fase avanzada del proceso de reanimación.
Una revisión sistemática de 2020 realizada por Martial y sus colaboradores consolidó los resultados de más de 20 estudios, en los que se examinó la fenomenología de las ECM y sus correlatos cognitivos. Los datos de prevalencia obtenidos a partir de instrumentos validados, como la Escala de ECM, sitúan la tasa de ECM entre los supervivientes de un paro cardíaco en torno al 17-18 % en múltiples muestras independientes, lo que refuerza la confianza en que el fenómeno es tanto real como replicable.
Lo que la investigación aún no puede responder por completo
A pesar de este conjunto de trabajos, persisten importantes retos metodológicos. La mayoría de los estudios se basan en el recuerdo retrospectivo, lo que significa que los participantes describen sus experiencias a partir de la memoria y no en tiempo real. La autoselección es otra preocupación: las personas que relatan ECM pueden diferir de las que no lo hacen en aspectos anteriores al suceso. Quizá lo más limitante sea la ausencia casi total de datos de referencia sobre la personalidad previos a la ECM. Sin saber cómo era una persona antes de la experiencia, atribuir cualquier cambio a la propia ECM requiere una interpretación cuidadosa. Estas no son razones para descartar la investigación. Son razones para leerla con precisión.
Efectos psicológicos y secuelas de las experiencias cercanas a la muerte
Para muchas personas que han vivido una experiencia cercana a la muerte, la vida posterior no vuelve simplemente a la normalidad. Los cambios que se producen a raíz de ello pueden ser profundos, de amplio alcance y duraderos. Los investigadores llevan décadas estudiando estas secuelas, y lo que se observa es un patrón coherente de transformación psicológica que afecta a los valores, la cognición, las relaciones y la vida cotidiana.
Cambios en los valores y las creencias tras una ECM
Uno de los resultados mejor documentados de una ECM es un cambio drástico en las prioridades de las personas. El investigador Kenneth Ring descubrió que entre el 80 % y el 90 % de las personas que han vivido una ECM afirman haber experimentado una disminución significativa del miedo a la muerte tras su experiencia. Además, muchas describen un aumento de la compasión hacia los demás, un menor interés por las posesiones materiales y un sentido más fuerte de su propósito personal.
Estos cambios se corresponden estrechamente con los ámbitos del Inventario de Crecimiento Postraumático (PTGI), una herramienta psicológica validada que se utiliza para medir el cambio positivo tras una adversidad. El PTGI evalúa el crecimiento en cinco áreas: relación con los demás, nuevas posibilidades, fortaleza personal, cambio espiritual y apreciación de la vida. Las personas que han vivido una ECM obtienen sistemáticamente puntuaciones altas en las cinco áreas, lo que sugiere que la experiencia actúa como catalizador del crecimiento postraumático, más que como una mera fuente de angustia.
Cambios cognitivos y perceptivos
La propia ECM tiende a dejar una huella inusualmente vívida en la memoria. Un estudio de 2013 realizado por Thonnard y sus colegas reveló que los recuerdos de las ECM presentan una mayor riqueza fenomenológica que los acontecimientos reales o imaginados, lo que significa que contienen más detalles sensoriales, intensidad emocional y claridad que los recuerdos autobiográficos típicos. Esto resulta llamativo porque las experiencias suelen producirse durante estados de crisis médica, en los que la formación de la memoria normalmente se vería afectada.
Más allá de la memoria, muchas personas que han vivido una ECM refieren una mayor intuición y una sensibilidad acentuada hacia las emociones de los demás. Algunas describen cambios perceptivos, como una mayor sensibilidad a la luz, al sonido o a los campos electromagnéticos. La sensibilidad electromagnética descrita aparece en la literatura con la suficiente frecuencia como para merecer ser reconocida, aunque los investigadores siguen estudiando sus mecanismos y prevalencia sin llegar a conclusiones definitivas.
Alteraciones sociales, relacionales y laborales
La transformación interna que sigue a una ECM no siempre se traduce sin problemas en la vida cotidiana. Muchas personas que han vivido una ECM describen sentirse fundamentalmente diferentes de quienes les rodean, y encontrar palabras para expresar lo que han vivido puede parecer casi imposible. Esta brecha comunicativa suele conducir al aislamiento social, incluso entre personas que, al mismo tiempo, sienten una mayor empatía y conexión con la humanidad en su conjunto.
Las relaciones se ven sometidas a una tensión especial. Los datos longitudinales del investigador P.M.H. Atwater sugieren que más del 75 % de las personas que han vivido una ECM experimentan una alteración significativa en sus relaciones en los siete años posteriores a su experiencia, incluyendo la separación o el divorcio. La persona que regresa no es, en muchos aspectos, la misma que se fue, y esa brecha puede resultar difícil de salvar para las parejas y los familiares.
En el ámbito profesional, muchas personas que han vivido una ECM se orientan hacia profesiones de ayuda, como el asesoramiento, la enfermería o el trabajo social, lo que refleja su renovado sentido de propósito y compasión. Para otras, la carga psicológica que supone integrar la experiencia, combinada con el aislamiento social y la crisis de identidad, puede contribuir a la depresión y a los cambios de estado de ánimo. Si te encuentras atravesando ese tipo de dificultad emocional, el tratamiento de la depresión con un terapeuta titulado puede ofrecerte un espacio estructurado para procesar lo que estás viviendo.
La cronología de las secuelas de una ECM: del impacto agudo a la transformación a largo plazo
Lo que ocurre tras una experiencia cercana a la muerte no es un hecho aislado, sino un proceso que puede desarrollarse a lo largo de años o incluso décadas. Investigadores como Pim van Lommel, Kenneth Ring y P.M.H. Atwater han realizado un seguimiento longitudinal de los supervivientes de ECM, y sus hallazgos revelan una secuencia reconocible, aunque no perfectamente predecible, de cambios psicológicos. Comprender esta cronología puede ayudar a los supervivientes, y a quienes los quieren, a dar sentido a cambios que, de otro modo, podrían resultar abrumadores o confusos.
Una observación importante antes de entrar en materia: esta línea temporal no es una línea recta. Las personas pueden volver a pasar por fases anteriores, saltarse etapas por completo o experimentar dos fases a la vez. Eso no es un signo de fracaso. Es simplemente así como funciona la transformación psicológica.
Fase aguda (de días a semanas tras la ECM)
Inmediatamente después, los supervivientes suelen describir un choque discordante de extremos. Algunos sienten una profunda euforia y una sensación de amor expandido. A otros les invade el terror, especialmente a quienes han vivido ECM angustiosas. Es habitual la hiperactivación, ya que el sistema nervioso lucha por procesar lo ocurrido. A muchos supervivientes les resulta difícil separar el recuerdo de la ECM de la realidad actual, como si la experiencia siguiera ocurriendo a su alrededor en lugar de haber quedado atrás. La hipersensibilidad sensorial —reacciones intensificadas a la luz, el sonido y el tacto— puede hacer que los entornos cotidianos resulten abrumadores. La mayoría de las personas no dicen nada a nadie durante esta fase, por miedo a que no les crean o a que les juzguen.
Fase de integración (del mes 1 al 12)
A medida que la intensidad aguda remite, comienza un proceso de reflexión más profundo y, a menudo, más doloroso. Los supervivientes suelen describir una crisis de identidad: la persona que eran antes de la ECM ya no les encaja. El duelo por el yo anterior es real y, a menudo, los amigos y la familia lo subestiman. Las relaciones se ven sometidas a tensión bajo el peso de las prioridades cambiadas. La búsqueda espiritual se intensifica para algunos, mientras que otros se sienten desorientados por creencias que ya no tienen sentido. Esta fase también conlleva un riesgo clínico que merece la pena mencionar: los síntomas de la integración de la ECM, entre los que se incluyen la disociación, los cambios de humor y la percepción alterada, pueden confundirse con psicosis, trastorno bipolar o trastorno de estrés postraumático por parte de los profesionales clínicos que no estén familiarizados con las secuelas de las ECM.
Fase de estabilización (del primer al tercer año)
Poco a poco, los nuevos valores dejan de parecer extraños y empiezan a sentirse como algo natural. Los supervivientes suelen reorientar su trabajo, eligiendo carreras orientadas al cuidado de los demás, la creatividad o el servicio. La revelación de su experiencia se vuelve más selectiva e intencionada. Muchos encuentran su lugar en la comunidad, especialmente en grupos afiliados a la Asociación Internacional para el Estudio de las Experiencias Cercanas a la Muerte (IANDS), donde compartir la experiencia reduce el aislamiento. Para algunos, los síntomas del trastorno de estrés postraumático (TEPT) que surgieron tras la ECM comienzan a remitir durante este periodo. Para otros, el TEPT aparece aquí por primera vez, una vez que el asombro inicial se ha desvanecido lo suficiente como para dar paso al miedo reprimido.
Fase a largo plazo (de 3 años o más hasta décadas)
El histórico estudio de seguimiento de ocho años de Van Lommel reveló que los supervivientes de una ECM mostraban una reducción sostenida y significativa del miedo a la muerte en comparación con un grupo de control formado por pacientes cardíacos que no habían tenido una ECM. Este cambio duradero es uno de los hallazgos más replicados en la investigación sobre las ECM. Los supervivientes a largo plazo suelen describir una orientación espiritual más tranquila y menos evangelizadora, profundamente personal más que teatral. La motivación por dejar un legado —el impulso de dejar algo significativo tras de sí— se convierte en una corriente subyacente constante. En ocasiones, puede resurgir el duelo cuando acontecimientos importantes de la vida, como la pérdida de un ser querido, un susto relacionado con la salud o la jubilación, reactivan viejas preguntas que la ECM planteó por primera vez.
En conjunto, estas cuatro fases ofrecen un mapa. No es una garantía, ni una receta, sino un marco para reconocer que lo que parece caótico tiene una forma, y que esa forma ya ha sido vivida y documentada por muchos antes.
Experiencias cercanas a la muerte angustiosas: tipos, prevalencia e impacto psicológico
No todas las experiencias cercanas a la muerte se presentan envueltas en luz y paz. Una parte significativa de las personas que se acercan a la muerte relatan algo mucho más oscuro: imágenes infernales, un vacío aterrador o una sensación de pavor tan abrumadora que transforma por completo su percepción de la realidad. Estas ECM angustiosas no son una mera nota al margen. Constituyen un fenómeno psicológico diferenciado con sus propios patrones, riesgos y retos clínicos.
Tres tipos de ECM angustiosas
Los investigadores Bruce Greyson y Nancy Evans Bush identificaron tres tipos distintos de experiencias cercanas a la muerte angustiosas en su trabajo pionero de 1992. La primera es la ECM inversa o aterradora, en la que la persona se enfrenta a vívidas imágenes infernales, figuras demoníacas o la sensación de estar atrapada en un tormento. El segundo es la ECM del vacío, caracterizada por una experiencia abrumadora de nada, de falta de sentido y de terror existencial, más que por cualquier escena visual. El tercer tipo es quizás el más desorientador: la persona recorre los mismos elementos que se encuentran en las ECM placenteras, como un túnel o una luz brillante, pero los experimenta como algo profundamente amenazante en lugar de acogedor. La misma estructura, una realidad emocional completamente diferente.


