La definición psicológica del temperamento se refiere a las diferencias individuales de origen biológico en la reactividad emocional y la autorregulación que se manifiestan desde el nacimiento e influyen en la forma en que las personas responden al estrés, establecen relaciones y desarrollan trastornos de salud mental, como la ansiedad y la depresión, a lo largo de toda su vida.
¿Alguna vez te has preguntado por qué algunas personas parecen, desde el principio, más sensibles o reactivas que otras? La definición de temperamento en psicología revela que estas diferencias no son comportamientos aprendidos, sino rasgos innatos que determinan cómo experimentamos las emociones, gestionamos el estrés y nos desenvolvemos en las relaciones a lo largo de toda nuestra vida.
¿Qué es el temperamento? Definición y características principales
Desde el momento en que los bebés llegan al mundo, muestran formas distintas de responder a su entorno. Algunos recién nacidos se sobresaltan fácilmente ante los ruidos fuertes, mientras que otros apenas reaccionan. Algunos bebés parecen tener una curiosidad infinita, intentando alcanzar todo lo que ven, mientras que otros observan en silencio desde la distancia. Estas diferencias no son aleatorias, ni son el resultado de los estilos de crianza o de las primeras experiencias. Reflejan algo más profundo: el temperamento.
En psicología, la definición de temperamento se refiere a las diferencias individuales de base biológica en la reactividad emocional y la autorregulación que aparecen en las primeras etapas de la vida. Piensa en él como tu sistema operativo integrado para experimentar y responder al mundo. Si bien tus experiencias, relaciones y elecciones moldean en quién te conviertes con el tiempo, el temperamento proporciona la base con la que empiezas.
Las investigaciones sobre el temperamento en los bebés confirman que estos patrones están presentes desde el nacimiento e influyen en cómo los bebés expresan sus emociones e interactúan con sus cuidadores desde sus primeros días. No es algo que los niños aprendan o desarrollen a través de la observación. Está integrado en su sistema nervioso desde el principio.
Las raíces biológicas del temperamento
¿Qué diferencia al temperamento de los comportamientos aprendidos? La respuesta está en sus orígenes. El temperamento surge de factores genéticos, la química cerebral y el desarrollo del sistema nervioso antes y poco después del nacimiento. No es algo que los padres enseñen ni que los niños capten de su entorno.
Pensemos en dos hermanos criados en el mismo hogar por los mismos padres. Uno puede ser naturalmente audaz y aventurero, con ganas de probar nuevos alimentos y conocer gente nueva. El otro puede ser cauteloso y tardar en abrirse, prefiriendo las rutinas y los rostros familiares. Mismo entorno, mismo enfoque de crianza, pero respuestas fundamentalmente diferentes al mundo.
Esta base biológica no significa que el temperamento sea el destino. Tus tendencias innatas interactúan constantemente con tus experiencias, relaciones y entorno. Un niño naturalmente tímido puede aprender habilidades sociales y sentirse más cómodo en grupos con el tiempo. Un bebé muy reactivo podría desarrollar sólidas estrategias de regulación emocional a medida que crece. La biología establece el punto de partida, no el punto final.
Tres dimensiones fundamentales del temperamento
Los psicólogos han identificado varias dimensiones clave que conforman el temperamento. Aunque los distintos investigadores las organizan de forma ligeramente diferente, siempre surgen tres áreas fundamentales:
El nivel de actividad describe cuánta energía física y movimiento muestra una persona de forma natural. Las personas con un alto nivel de actividad parecen estar constantemente en movimiento, inquietas cuando se ven obligadas a quedarse quietas. Las personas con un bajo nivel de actividad se sienten cómodas con actividades más tranquilas y sedentarias. Estas diferencias se pueden observar incluso en los recién nacidos: algunos dan patadas y se retuercen constantemente, mientras que otros permanecen tumbados tranquilamente durante largos periodos de tiempo.
La intensidad emocional se refiere a la intensidad con la que una persona experimenta y expresa sus sentimientos. Algunas personas reaccionan ante pequeñas frustraciones con una angustia visible, mientras que otras se toman con calma los reveses importantes. Esta dimensión está estrechamente relacionada con los síntomas de ansiedad y otras experiencias emocionales, ya que el temperamento influye en la intensidad con la que se sienten y se expresan estos sentimientos.
La atención y la persistencia reflejan cuánto tiempo alguien puede concentrarse en las tareas y con qué facilidad se distrae. Algunos niños pueden estar una hora haciendo un rompecabezas, completamente absortos. Otros pierden el interés al cabo de unos minutos y pasan a otra cosa. Esta dimensión determina los estilos de aprendizaje, los hábitos de trabajo y la forma en que las personas afrontan los retos a lo largo de la vida.
Estilo de comportamiento frente a capacidad o motivación
A menudo se pasa por alto una distinción crucial: el temperamento describe cómo se comporta alguien, no lo que puede hacer ni por qué lo hace. Se trata de estilo, no de fondo.
Un niño con poca persistencia no es menos inteligente ni está menos motivado que un niño con mucha persistencia. Simplemente abordan las tareas de manera diferente. El niño con poca persistencia puede trabajar en rachas cortas, necesitando más descansos y variedad. El niño con mucha persistencia puede preferir sesiones de trabajo largas e ininterrumpidas. Ambos pueden alcanzar los mismos objetivos por caminos diferentes.
Del mismo modo, una persona con alta intensidad emocional no está más dañada emocionalmente ni tiene más problemas que alguien con baja intensidad. Simplemente experimenta los sentimientos de forma más vívida. Esto puede ser una fortaleza en actividades creativas, relaciones y empatía, aunque presente retos en otras áreas.
Comprender esta distinción es importante porque desplaza el enfoque de intentar cambiar los rasgos fundamentales a trabajar con ellos de manera eficaz. Cuando reconoces el temperamento como un estilo de comportamiento en lugar de un defecto que hay que corregir, puedes desarrollar estrategias que respeten tus tendencias naturales al tiempo que desarrollas las habilidades que necesitas para prosperar.
Temperamento frente a personalidad: comprender la distinción
A menudo se utilizan los términos «temperamento» y «personalidad» indistintamente, pero describen aspectos diferentes de quiénes somos. Comprender la distinción ayuda a aclarar por qué algunas tendencias de comportamiento parecen tan profundamente arraigadas, mientras que otras parecen más flexibles. Piensa en el temperamento como los cimientos de una casa y en la personalidad como toda la estructura construida sobre ellos.
El temperamento es con lo que vienes al mundo. Está presente desde el nacimiento y se manifiesta en la intensidad con la que un recién nacido reacciona a los estímulos o en la rapidez con la que se calma tras sobresaltarse. Estos patrones tempranos reflejan el cableado biológico, moldeado por la genética, el entorno prenatal y la química cerebral. Un bebé que se inquieta ante los ruidos fuertes o tarda más en acostumbrarse a caras nuevas está mostrando su temperamento en acción.
La personalidad, por otro lado, se desarrolla a lo largo de los años a través de las experiencias vividas. Incorpora tu temperamento, pero añade capas moldeadas por las relaciones, la cultura, la educación y las innumerables decisiones que tomas a lo largo de la vida. Tu personalidad incluye tus valores, creencias, sentido del humor y las formas en que has aprendido a desenvolverte en situaciones sociales. Es el panorama completo de quién eres como persona.
La división entre lo biológico y lo aprendido
El temperamento se sitúa más cerca del extremo biológico del espectro. Refleja cómo tu sistema nervioso responde de forma natural al mundo, incluyendo tus niveles básicos de actividad, intensidad emocional y sensibilidad a los estímulos. Estas tendencias tienen fuertes componentes genéticos y se mantienen relativamente constantes a lo largo de la vida.
La personalidad incorpora más patrones aprendidos. La forma en que gestionas los conflictos, expresas el afecto o abordas tus objetivos refleja no solo tus tendencias innatas, sino también lo que has absorbido de la familia, los amigos y las influencias culturales más amplias. Un niño naturalmente cauteloso podría convertirse en un adulto aventurero a través de experiencias de apoyo que le animaran a asumir riesgos, o podría inclinarse aún más hacia la cautela si las experiencias tempranas reforzaran su desconfianza.
Estabilidad a lo largo de la vida
Tanto el temperamento como la personalidad muestran una estabilidad razonable a lo largo del tiempo, pero difieren en cuanto a su capacidad de cambio. El temperamento tiende a permanecer más constante. Un bebé muy reactivo suele convertirse en un adulto más sensible, incluso si ha desarrollado estrategias de afrontamiento eficaces.
La personalidad muestra una mayor flexibilidad, especialmente durante las grandes transiciones de la vida, como la adolescencia, la edad adulta temprana y la mediana edad. Las investigaciones sugieren que, en general, las personas se vuelven más agradables y emocionalmente estables a medida que envejecen, lo que demuestra que la personalidad sigue evolucionando hasta bien entrada la edad adulta. Cuando el desarrollo de la personalidad se desvía de su curso, a veces debido a una combinación de vulnerabilidades temperamentales y experiencias vitales difíciles, puede contribuir a trastornos de la personalidad que afectan a las relaciones y al funcionamiento diario.
Enfoques diferentes, conceptos relacionados
La investigación sobre el temperamento se centra principalmente en la reactividad y la autorregulación: la intensidad con la que respondes a los estímulos y tu capacidad para gestionar esas respuestas. La psicología de la personalidad abarca un ámbito más amplio, examinando patrones que incluyen tus motivaciones, comportamientos sociales, valores y visión del mundo.
El temperamento proporciona la materia prima de la que surgen los rasgos de personalidad. Un niño con una alta reactividad emocional puede convertirse en un adulto profundamente empático y en sintonía con los sentimientos de los demás, o en alguien que lucha contra la ansiedad, dependiendo de cómo su entorno haya moldeado esa sensibilidad innata. El mismo punto de partida temperamental puede conducir a resultados de personalidad muy diferentes en función de las experiencias vitales y los sistemas de apoyo disponibles a lo largo del camino.
Principales modelos y dimensiones del temperamento en psicología
A lo largo de las últimas décadas, los investigadores han desarrollado marcos sistemáticos para identificar, medir y categorizar las tendencias conductuales innatas que determinan cómo las personas interactúan con el mundo. Estos modelos científicos nos proporcionan un lenguaje común para hablar del temperamento y ayudan a explicar por qué ciertos patrones surgen de forma tan consistente en diferentes individuos y culturas.
Tres enfoques teóricos principales han dado forma a la investigación moderna sobre el temperamento. Cada uno ofrece perspectivas únicas al tiempo que se basa en observaciones superpuestas sobre el comportamiento humano.
Las nueve características del temperamento de Thomas y Chess
En 1956, los psiquiatras Alexander Thomas y Stella Chess pusieron en marcha el Estudio Longitudinal de Nueva York, un proyecto de investigación pionero que seguiría a 133 niños desde la infancia hasta la edad adulta. Su objetivo era identificar los rasgos temperamentales fundamentales presentes desde el nacimiento y hacer un seguimiento de cómo estos rasgos influían en el desarrollo a lo largo del tiempo.
A través de una observación minuciosa y entrevistas con los padres, Thomas y Chess identificaron nueve características de temperamento distintas que aparecían de forma consistente en los niños:
- El nivel de actividad se refiere a la cantidad de movimiento físico que muestra un niño durante las actividades diarias. Algunos bebés están constantemente en movimiento, mientras que otros permanecen tranquilos e inmóviles durante largos periodos.
- La ritmicidad describe la previsibilidad de funciones biológicas como el sueño, el hambre y las deposiciones. Los niños con alta ritmicidad siguen horarios regulares de forma natural, mientras que aquellos con baja ritmicidad tienen patrones impredecibles.
- La aproximación o el retraimiento captan la respuesta inicial del niño ante personas, lugares o experiencias nuevas. Algunos niños acogen con entusiasmo lo nuevo, mientras que otros se retraen y observan desde la distancia.
- La adaptabilidad mide la facilidad con la que un niño se adapta a los cambios en la rutina o el entorno tras la respuesta inicial. Esto difiere de la aproximación/retirada porque se centra en la adaptación a lo largo del tiempo en lugar de en las primeras reacciones.
- El umbral sensorial indica cuánta estimulación se necesita para producir una respuesta. Los niños con umbrales bajos reaccionan a sonidos, texturas o luces sutiles que otros podrían no percibir.
- La intensidad de la reacción describe el nivel de energía de las respuestas emocionales, ya sean positivas o negativas. Los niños de alta intensidad expresan la alegría y la frustración con igual vigor.
- La calidad del estado de ánimo se refiere al tono general del comportamiento del niño, que va desde predominantemente positivo y alegre hasta más serio o negativo.
- La distracción mide la facilidad con la que los estímulos externos pueden desviar la atención del niño de su actividad actual.
- La capacidad de atención y la persistencia reflejan cuánto tiempo dedica un niño a una actividad y si continúa a pesar de los obstáculos o la frustración.
Basándose en combinaciones de estos nueve rasgos, Thomas y Chess identificaron tres grandes categorías de temperamento. Los niños «fáciles», que constituían alrededor del 40 % de su muestra, mostraban ritmos biológicos regulares, estados de ánimo positivos y se adaptaban rápidamente a nuevas situaciones. Los niños «difíciles», aproximadamente el 10 % de la muestra, mostraban patrones irregulares, estados de ánimo negativos, una adaptación lenta y reacciones intensas. Los niños «de calentamiento lento», alrededor del 15 %, mostraban respuestas negativas leves ante lo nuevo, pero se adaptaban gradualmente con la exposición repetida.
El 35 % restante de los niños mostraba patrones mixtos que no encajaban claramente en ninguna categoría concreta, lo que recordó a los investigadores que el temperamento se sitúa en un espectro y no en categorías rígidas.
El modelo tridimensional de Rothbart
Partiendo del trabajo fundamental de Thomas y Chess, la psicóloga Mary Rothbart desarrolló un enfoque más simplificado para comprender el temperamento, prestando especial atención a los sistemas cerebrales implicados.
El modelo de Rothbart se centra en tres dimensiones principales:
La surgencia/extraversión abarca rasgos relacionados con la anticipación positiva, los altos niveles de actividad y la búsqueda de sensaciones. Los niños con un alto nivel de surgencia abordan las nuevas experiencias con entusiasmo, disfrutan de entornos estimulantes y expresan emociones positivas con facilidad. Esta dimensión refleja los sistemas de aproximación y recompensa del cerebro.
La afectividad negativa incluye tendencias hacia el miedo, la frustración, la tristeza y el malestar. Los niños con un alto nivel en esta dimensión experimentan angustia con mayor frecuencia e intensidad. Esta dimensión se relaciona con los sistemas de detección de amenazas y respuesta al estrés del cerebro.
El control voluntario representa la capacidad de regular la atención, inhibir las respuestas impulsivas y activar el comportamiento cuando es necesario a pesar de la reticencia. Esta dimensión se desarrolla más gradualmente que las demás, con un crecimiento significativo durante los años preescolares.
El marco de Rothbart destaca cómo el temperamento interactúa con el entorno a lo largo del tiempo. Un niño con un alto nivel de afectividad negativa, pero también de control deliberado, puede aprender a gestionar su angustia de forma eficaz, mientras que la misma tendencia reactiva, combinada con un bajo control deliberado, podría conducir a mayores dificultades de comportamiento.
El marco de inhibición conductual de Kagan
El psicólogo Jerome Kagan se centró intensamente en una dimensión concreta: la inhibición conductual. Su investigación, llevada a cabo en la Universidad de Harvard durante varias décadas, examinó cómo responden los niños ante personas, objetos y situaciones desconocidas.
Kagan observó que algunos bebés, al exponerse a estímulos novedosos, mostraban un patrón distintivo de respuestas. Estos niños «inhibidos conductualmente» presentaban un aumento de la frecuencia cardíaca, dilatación de las pupilas, tensión muscular y niveles elevados de hormonas del estrés al encontrarse con algo nuevo. Tendían a aferrarse a sus cuidadores, permanecer en silencio y evitar la interacción con personas u objetos desconocidos.
Por el contrario, los niños «sin inhibición conductual» mostraban el patrón opuesto. Se acercaban a lo nuevo con curiosidad, mantenían respuestas fisiológicas estables y se involucraban fácilmente con personas y experiencias nuevas.
La investigación longitudinal de Kagan reveló que estas tendencias mostraban una notable estabilidad a lo largo del tiempo. Los niños identificados como altamente inhibidos a los cuatro meses de edad eran más propensos a ser tímidos y cautelosos a los dos años, socialmente reticentes a los siete años y propensos a síntomas de ansiedad en la adolescencia. Aunque no todos los niños inhibidos desarrollaron trastornos de ansiedad, mostraron un riesgo elevado en comparación con sus compañeros no inhibidos.
El valor práctico del marco de Kagan radica en la identificación temprana. Los padres y cuidadores que reconocen la inhibición conductual pueden proporcionar entornos de apoyo que ayuden a los niños a sentirse gradualmente cómodos con las nuevas experiencias, en lugar de evitarlas por completo.
Cómo se complementan estos modelos
En lugar de competir entre sí, estos tres marcos teóricos ofrecen perspectivas complementarias sobre el temperamento. Thomas y Chess aportaron la observación fundamental de que las diferencias temperamentales existen desde el nacimiento e influyen en el desarrollo. El modelo de Rothbart sintetiza estas observaciones en dimensiones más amplias con conexiones claras con los sistemas cerebrales subyacentes, añadiendo el componente regulador crucial del control volitivo. La investigación centrada de Kagan sobre la inhibición conductual demuestra cómo el examen profundo de una sola dimensión puede revelar mecanismos biológicos y vías de desarrollo con relevancia clínica.
En conjunto, estos modelos fomentan una visión más matizada que reconoce la realidad biológica de las diferencias de temperamento, al tiempo que admite la interacción continua entre las tendencias innatas y las experiencias vitales.
La base biológica del temperamento
Tu temperamento no es algo que hayas aprendido observando a tus padres o que hayas adquirido de tu entorno. Está integrado en tu biología desde el principio. Si bien las experiencias sin duda moldean cómo se expresa tu temperamento a lo largo del tiempo, la esencia de quién eres en cuanto a tu temperamento tiene raíces profundas en tus genes, estructuras cerebrales y neuroquímica.
Comprender esta base biológica ayuda a explicar por qué algunos aspectos de tu personalidad parecen tan fundamentales y resistentes al cambio. Si siempre has sido más sensible o reactivo que los demás, eso no es un defecto de carácter. Es biología.
Genética y heredabilidad
Las investigaciones demuestran sistemáticamente que los factores genéticos desempeñan un papel sustancial en el temperamento, con estimaciones de heredabilidad que oscilan entre el 40 y el 60 por ciento aproximadamente. Esto significa que aproximadamente la mitad de la variación en los rasgos temperamentales entre las personas puede atribuirse a diferencias genéticas.
No se trata de genes individuales que controlen rasgos específicos. En cambio, cientos o incluso miles de genes trabajan juntos, cada uno aportando pequeños efectos que se combinan para influir en tus tendencias temperamentales. El 40 a 60 por ciento restante proviene de influencias ambientales y de la compleja interacción entre tus genes y tus experiencias. Tu composición genética crea predisposiciones, no destinos.
Estructuras cerebrales que determinan la reactividad
Hay dos regiones del cerebro que desempeñan un papel especialmente importante en las diferencias de temperamento: la amígdala y la corteza prefrontal.
La amígdala actúa como el sistema de alarma del cerebro. Procesa la información emocional y desencadena respuestas ante posibles amenazas o recompensas. Las personas con amígdalas más reactivas tienden a experimentar respuestas emocionales más intensas ante los estímulos. Un niño que se sobresalta fácilmente ante ruidos fuertes o se siente abrumado en espacios concurridos probablemente tenga una respuesta de la amígdala más sensible.
La corteza prefrontal, situada detrás de la frente, actúa como centro de regulación del cerebro. Ayuda a gestionar los impulsos, planificar con antelación y moderar las reacciones emocionales. El equilibrio entre la reactividad de la amígdala y la regulación prefrontal determina cómo se manifiesta el temperamento en la vida cotidiana. Una persona puede tener una amígdala muy reactiva pero una fuerte regulación prefrontal, lo que le permite sentir las cosas con intensidad sin perder el control del comportamiento.
El papel de los neurotransmisores
Los mensajeros químicos del cerebro también contribuyen a las diferencias de temperamento. Hay tres sistemas de neurotransmisores especialmente relevantes.
La dopamina influye en la sensibilidad a las recompensas, la motivación y la tendencia a buscar nuevas experiencias. Las variaciones en el funcionamiento del sistema de la dopamina ayudan a explicar por qué algunas personas se sienten atraídas de forma natural por la novedad y la emoción, mientras que otras prefieren la rutina y lo familiar.
La serotonina afecta a la regulación del estado de ánimo, el control de los impulsos y la estabilidad emocional. Las diferencias en la señalización de la serotonina contribuyen a las variaciones en la facilidad con la que las personas se vuelven ansiosas o irritables.
La norepinefrina desempeña un papel en el estado de alerta y las respuestas al estrés. Influye en la rapidez con la que te excitas en respuesta a los cambios ambientales y en cuánto tiempo dura esa excitación.
Interacciones gen-ambiente y epigenética
Tus genes no funcionan de forma aislada. Interactúan constantemente con tu entorno de formas que pueden amplificar o atenuar sus efectos. Este campo de estudio, denominado epigenética, revela cómo las experiencias pueden cambiar realmente la forma en que se expresan los genes sin alterar el código genético en sí.
Las experiencias de la primera infancia son especialmente poderosas. Un cuidado afectuoso puede ayudar a reducir la expresión de los genes asociados a una alta reactividad, mientras que el estrés crónico puede potenciar la actividad de esos mismos genes. Estos cambios epigenéticos ayudan a explicar los fundamentos biológicos del temperamento y cómo se desarrolla con el tiempo.
Si el temperamento fuera puramente genético, los gemelos idénticos tendrían temperamentos idénticos. No es así. A pesar de compartir el 100 % de su ADN, los gemelos idénticos suelen mostrar diferencias significativas en sus rasgos de temperamento. Las diferencias epigenéticas comienzan a acumularse incluso antes del nacimiento, ya que los gemelos experimentan condiciones ligeramente diferentes en el útero, y las experiencias únicas de cada gemelo tras el nacimiento continúan moldeando la expresión génica. La biología proporciona la materia prima, pero la experiencia esculpe la forma final.
Cómo el temperamento moldea la salud mental: evidencia de estudios longitudinales
Tu temperamento no determina tu destino en materia de salud mental, pero sí influye en el terreno. Décadas de investigación han revelado que ciertos rasgos de temperamento crean vulnerabilidades ante condiciones psicológicas específicas, mientras que otros actúan como amortiguadores protectores. Comprender estas conexiones puede ayudarte a reconocer los factores de riesgo de forma temprana y a tomar medidas proactivas para tu bienestar emocional.
La relación entre el temperamento y la salud mental no tiene que ver con la culpa ni con la inevitabilidad. Las investigaciones muestran de forma consistente que el temperamento interactúa con las experiencias de la vida para dar forma a los resultados de salud mental, lo que significa que tu entorno y tus elecciones siguen siendo enormemente importantes.
Inhibición conductual y trastornos de ansiedad
La inhibición conductual, la tendencia a aislarse de personas, lugares y situaciones desconocidas, destaca como uno de los factores de riesgo del temperamento más estudiados en relación con la ansiedad. La investigación longitudinal de Jerome Kagan siguió a niños desde la infancia hasta la edad adulta y descubrió que los bebés altamente inhibidos eran significativamente más propensos a desarrollar trastornos de ansiedad más adelante en la vida.
Los niños con una alta inhibición conductual muestran patrones distintivos: se aferran a sus cuidadores en entornos nuevos, tardan más en sentirse cómodos con extraños y a menudo parecen vigilantes o recelosos. Su sistema nervioso reacciona con mayor intensidad ante lo nuevo, con un aumento de la frecuencia cardíaca y de los niveles de cortisol cuando se enfrentan a situaciones desconocidas.
La investigación sobre la relación entre el temperamento y los trastornos de ansiedad ha ayudado a aclarar los mecanismos que subyacen a este vínculo. Los niños con inhibición conductual no solo se sienten más nerviosos, sino que también tienden a evitar las situaciones que les provocan ansiedad. Si bien la evitación proporciona un alivio a corto plazo, les impide aprender que las situaciones temidas suelen ser manejables. Este patrón de evitación puede consolidarse en ansiedad clínica con el tiempo.
No todas las personas con una alta inhibición conductual desarrollan un trastorno de ansiedad. Los estudios sugieren que entre el 30 y el 40 % de los niños altamente inhibidos llegan a desarrollar problemas de ansiedad significativos, en comparación con aproximadamente el 10 % de los niños no inhibidos. Factores protectores como una crianza que brinde apoyo, la exposición gradual a nuevas experiencias y el desarrollo de habilidades de afrontamiento pueden interrumpir la trayectoria que va del temperamento al trastorno.
Afectividad negativa y riesgo de depresión
La afectividad negativa, la tendencia a experimentar emociones negativas frecuentes e intensas como la tristeza, el miedo y la irritabilidad, crea vulnerabilidad a la depresión a lo largo de toda la vida. Las personas con un alto nivel en esta dimensión del temperamento no solo se sienten mal con más frecuencia; también tienden a interpretar las situaciones ambiguas de forma negativa y a recordar los acontecimientos negativos con mayor intensidad.


