La infidelidad se da incluso en relaciones amorosas debido a ocho motivaciones distintas respaldadas por la investigación, entre las que se incluyen la ira, las necesidades de autoestima y los patrones de apego; sin embargo, los enfoques terapéuticos basados en la evidencia ayudan a las parejas a superar el trauma y a reconstruir la confianza mediante la orientación profesional.
¿Cómo puede alguien ser infiel a una pareja a la que ama de verdad? Esta pregunta atormenta a innumerables parejas que se enfrentan a la traición, pero las investigaciones revelan que el amor y la infidelidad no son mutuamente excluyentes. Comprender las ocho motivaciones psicológicas que subyacen a la infidelidad puede transformar tu perspectiva sobre la traición y la recuperación.
Por qué la gente es infiel aunque quiera a su pareja
La idea de que alguien pueda ser infiel a una pareja a la que ama de verdad resulta contradictoria. Nos han enseñado que el amor y la traición se sitúan en extremos opuestos de un espectro, que uno anula al otro. Pero las investigaciones revelan una realidad más compleja.
Los estudios que analizan a personas que han sido infieles revelan un patrón sorprendente: muchas de ellas afirman sentir un gran amor y estar muy satisfechas con su relación, incluso mientras son infieles. Las investigaciones sobre el amor y la infidelidad muestran que tanto los factores personales (como el deseo de novedad o de autonomía) como los factores relacionales contribuyen a la infidelidad, lo que sugiere que estos comportamientos no surgen simplemente de la insatisfacción en la relación. Los datos cuestionan la suposición de que la infidelidad es siempre un síntoma de una relación fallida o de la ausencia de amor.
Esta desconexión existe porque el mantenimiento de la relación y la motivación individual funcionan por vías distintas. Se puede estar profundamente comprometido con la pareja y, aun así, experimentar deseos que no tienen nada que ver con ella. Los estudios sobre el compromiso en la relación y el mantenimiento de la monogamia demuestran que incluso las personas que mantienen relaciones estables experimentan atracción fuera de la pareja, y que el compromiso por sí solo no siempre predice si alguien mantendrá la monogamia. El esfuerzo por permanecer fiel y la atracción subyacente hacia otra persona pueden coexistir.
La terapeuta Esther Perel ha explorado esta paradoja en profundidad en su trabajo. Sostiene que, a menudo, la infidelidad no tiene nada que ver con la pareja. Se trata, más bien, de uno mismo: un anhelo por una parte perdida de la propia identidad, una necesidad de sentirse vivo de una forma que la vida cotidiana ha atenuado, o un intento de alcanzar una autonomía que se percibe como limitada. La aventura deja de ser tanto una forma de sustituir el amor como una manera de recuperar algo dentro de uno mismo.
Gran parte de esta investigación se basa en datos facilitados por los propios interesados, lo que significa que las personas describen sus propios sentimientos y motivaciones a posteriori. La justificación retrospectiva es real: alguien podría reconstruir su estado emocional para dar sentido a sus acciones. Los estudios también varían mucho en cuanto a cómo definen la infidelidad, desde las relaciones emocionales hasta los encuentros físicos puntuales. Estas inconsistencias dificultan sacar conclusiones universales, pero el patrón sigue siendo lo suficientemente coherente como para tomarlo en serio: el amor y la infidelidad no son experiencias mutuamente excluyentes.
La psicología detrás de la infidelidad: 8 motivaciones respaldadas por la investigación
La infidelidad no es un comportamiento monolítico con una única causa. En 2019, los investigadores David Selterman, Samantha Joel y sus colegas publicaron un estudio de referencia en el que identificaron ocho motivaciones distintas que llevan a las personas a ser infieles, incluso cuando siguen queriendo a sus parejas. Comprender esta clasificación ayuda a explicar por qué la lógica de «si me quisieras, no me serías infiel» no se sostiene en las relaciones reales.
Las ocho motivaciones que identificaron dibujan un panorama complejo. La ira se reveló como uno de los factores impulsores, en el que la infidelidad se convierte en una forma de represalia o de desahogo emocional tras un conflicto. La autoestima desempeñó otro papel: algunas personas buscan aventuras amorosas para sentirse deseadas, atractivas o valoradas de formas que su relación principal ya no les proporciona. Cuando alguien lucha con problemas de autoestima, la atención de una persona nueva puede parecerle una prueba de su valía, independientemente de lo mucho que quiera a su pareja.
La falta de amor apareció como solo una de las ocho motivaciones, no como el factor determinante. El bajo compromiso funcionaba de manera diferente: las personas que se sentían ambivalentes respecto al futuro de su relación eran más propensas a ser infieles, incluso si sentían afecto en ese momento. La necesidad de variedad reflejaba el deseo de novedad sexual o emocional, al margen de cualquier insatisfacción con la pareja actual. El abandono describía situaciones en las que las necesidades emocionales o físicas quedaban sistemáticamente insatisfechas, lo que generaba vulnerabilidad ante las relaciones externas.
El deseo sexual funcionaba como una motivación distinta por sí misma. Algunas personas eran infieles específicamente para satisfacer necesidades sexuales o explorar aspectos de su sexualidad que se sentían incapaces de expresar en su relación principal. Por último, la «situación y el contexto» reconocían que la oportunidad, la embriaguez y los factores ambientales a veces prevalecen sobre las intenciones o los valores. Un viaje de negocios, un momento de vulnerabilidad o una conexión inesperada pueden crear circunstancias en las que se produce la infidelidad a pesar del amor genuino en casa.
Lo que hace que esta investigación sea especialmente esclarecedora es que estas motivaciones rara vez se dan de forma aislada. La mayoría de las personas que son infieles mencionan múltiples razones que se solapan. Uno puede sentirse desatendido y, al mismo tiempo, ansiar variedad, o sufrir baja autoestima y, al mismo tiempo, actuar movido por la ira. La interacción entre estos factores crea un panorama psicológico mucho más matizado que el simple «no amaban lo suficiente a su pareja».
La investigación también reveló algunos patrones de género, aunque con importantes salvedades. Los hombres citaban con mayor frecuencia el deseo sexual y la necesidad de variedad como motivaciones principales, mientras que las mujeres mencionaban más a menudo el abandono y la falta de amor. Se trataba de tendencias estadísticas, no de reglas universales. Muchas mujeres son infieles por razones puramente sexuales, y muchos hombres se desvían porque se sienten emocionalmente desatendidos. La psicología individual importa más que los estereotipos de género.
Este marco cuestiona la suposición de que el amor actúa como una vacuna contra la infidelidad. Cuando se comprende que la ira, la autoestima, el abandono o los factores situacionales pueden impulsar la infidelidad independientemente del amor, la pregunta pasa de ser «¿cómo pudieron hacerlo?» a «¿qué combinación de factores lo hizo posible?». Ese cambio abre la puerta a conversaciones más sinceras sobre la vulnerabilidad de las relaciones.
Factores de riesgo individuales: ¿quién tiene más probabilidades de ser infiel?
No todo el mundo tiene las mismas probabilidades de ser infiel. Las investigaciones muestran que ciertas características individuales predicen sistemáticamente mayores índices de infidelidad, independientemente de la calidad de la relación. Estos factores no justifican el comportamiento, pero ayudan a explicar por qué algunas personas son infieles incluso en relaciones amorosas.
Comprender estos factores de riesgo desplaza la conversación de «¿qué falla en la relación?» a «¿qué está pasando dentro de la persona?». Esa distinción es importante cuando intentas dar sentido a una traición que parece surgir de la nada.
Rasgos de personalidad que aumentan la vulnerabilidad
El modelo de personalidad de los «Cinco Grandes» ofrece patrones claros. Las personas con puntuaciones bajas en amabilidad (menos empáticas, más competitivas) y en conciencia (más impulsivas, menos propensas a seguir las normas) muestran índices significativamente más altos de infidelidad en múltiples estudios. Estos rasgos de personalidad influyen en cómo alguien sopesa la gratificación inmediata frente a las consecuencias a largo plazo.
La baja concienzudez afecta especialmente al control de los impulsos. Cuando se presenta una oportunidad de infidelidad, a las personas con este rasgo les cuesta más detenerse a reflexionar sobre las consecuencias. No es que busquen necesariamente ser infieles, pero están menos preparadas para resistirse cuando surge la situación.
Patrones de apego e historial sentimental
Tanto el estilo de apego ansioso como el evitativo crean vulnerabilidad ante la infidelidad, aunque a través de mecanismos diferentes. Las personas con apego ansioso pueden buscar validación fuera de su relación principal cuando se sienten inseguras. Aquellas con apego evitativo pueden recurrir a la infidelidad para mantener la distancia emocional o crear una estrategia de salida.
La infidelidad previa es un fuerte indicador de futuras infidelidades. Las investigaciones muestran que las personas que fueron infieles en una relación tenían tres veces más probabilidades de volver a serlo en su siguiente relación. No se trata de una cuestión de carácter moral, sino que a menudo refleja patrones no resueltos en el control de los impulsos, el establecimiento de límites o la evitación de conflictos.
Orientación sociosexual y función ejecutiva
La orientación sociosexual mide la comodidad con las relaciones sexuales fuera de las relaciones comprometidas. Las personas con orientaciones sociosexuales sin restricciones presentan sistemáticamente tasas de infidelidad más elevadas. Esto no significa que no puedan mantener la monogamia, pero sugiere que pueden experimentar más conflictos internos en las relaciones exclusivas.
La función ejecutiva, es decir, la capacidad del cerebro para planificar y regular el comportamiento, también influye. Un control ejecutivo más débil dificulta la capacidad de controlar los impulsos, incluso cuando alguien valora de verdad su relación.
Estos factores de riesgo son probabilísticos, no deterministas. Tener un bajo nivel de conciencia o antecedentes de infidelidad no significa que alguien vaya a ser infiel inevitablemente. Pero reconocer estos patrones ayuda a explicar por qué el amor por sí solo no siempre es suficiente para evitar la traición.
Problemas de pareja que predicen la infidelidad
Las investigaciones identifican sistemáticamente ciertos patrones de relación que aumentan la probabilidad de infidelidad. La baja satisfacción en la relación encabeza la lista como uno de los predictores más fiables. Cuando te sientes crónicamente infeliz, desconectado o insatisfecho en tu relación, aumenta el riesgo de buscar conexión en otra parte. El modelo del déficit, que parte de la base de que la infidelidad se deriva de problemas en la relación, no puede explicar del todo por qué alguien que tiene una relación feliz puede seguir siendo infiel, ya que muchas personas que declaran estar muy satisfechas con su relación siguen siendo infieles.
Las fallas en la comunicación crean un terreno fértil para la infidelidad. El patrón de «demanda-retirada», en el que una de las partes busca conexión mientras la otra se aleja, hace que ambas personas se sientan aisladas. La represión emocional agrava esta situación. Cuando evitas sistemáticamente las conversaciones difíciles o reprimes tus necesidades, el resentimiento se acumula y la distancia emocional aumenta. Estos patrones no justifican la infidelidad, pero sí crean vulnerabilidades.
Las brechas en la intimidad importan, aunque no de la forma tan directa que cabría esperar. Las investigaciones distinguen entre déficits de intimidad sexual y déficits de intimidad emocional, y los relacionan con diferentes tipos de infidelidad. La insatisfacción sexual predice con mayor fuerza las aventuras puramente físicas, mientras que la desconexión emocional se correlaciona con la infidelidad emocional y las aventuras a más largo plazo. Muchas personas experimentan estas brechas sin ser infieles, mientras que otras lo son a pesar de tener una intimidad sólida con sus parejas.
Los desequilibrios de poder y la percepción de injusticia también influyen. Cuando sientes que estás dando más de lo que recibes, o cuando el poder de decisión se inclina claramente hacia una de las partes, la relación se vuelve inestable. Algunas investigaciones sugieren que tanto sentirse infravalorado como sobrevalorizado aumenta el riesgo de infidelidad, aunque a través de mecanismos diferentes.
La calidad de la relación solo explica una parte de la variación en la infidelidad que se observa en los estudios de investigación. Incluso cuando los investigadores tienen en cuenta la satisfacción, la comunicación, la intimidad y la equidad, no pueden predecir quién será infiel con una precisión fiable. La oportunidad y el contexto importan enormemente. La proximidad a posibles parejas, los viajes de trabajo, la dinámica del lugar de trabajo y los entornos sociales que normalizan la infidelidad aumentan el riesgo independientemente de la calidad de la relación. Puede que tengas una relación sólida en casa, pero si pasas muchas horas con un compañero de trabajo atractivo que comprende tu estrés laboral de una forma que tu pareja no puede, el contexto en sí mismo crea vulnerabilidad.
La neurociencia de la infidelidad: qué ocurre en el cerebro
A tu cerebro no le importa tu situación sentimental. Responde a la novedad, la recompensa y el estrés de formas que pueden anular tus valores conscientes, y comprender esta realidad biológica ayuda a explicar por qué las personas que aman de verdad a sus parejas a veces toman decisiones que parecen contradecir esos sentimientos.
La dopamina y el problema de la novedad
El sistema mesolímbico de recompensa, el centro del placer de tu cerebro, libera dopamina en respuesta a experiencias novedosas. Cuando conoces a alguien por primera vez, cada conversación resulta electrizante porque tu cerebro se inunda de este neurotransmisor. Un nuevo coqueteo o una nueva aventura amorosa desencadena la misma oleada de dopamina que experimentaste al principio de tu relación principal, creando lo que se siente como una atracción irresistible.
Las relaciones a largo plazo se enfrentan a un reto neurológico denominado «adaptación hedónica». Tu cerebro se acostumbra a la presencia de tu pareja, y las mismas interacciones que antes provocaban intensas respuestas de dopamina ahora producen reacciones mucho más moderadas. Esto no es un reflejo de que el amor haya disminuido. Es simplemente la forma en que tu sistema nervioso procesa los estímulos familiares frente a los nuevos. La persona que tiene una aventura suele describir la sensación de «volver a sentirse viva», lo cual es una descripción literal de la reactivación de su sistema de dopamina.
Las hormonas del apego complican el panorama
La oxitocina y la vasopresina, a menudo denominadas «hormonas del vínculo», no distinguen entre tu pareja estable y alguien nuevo. Cuando compartes momentos íntimos con una pareja extramatrimonial, ya sean emocionales o físicos, tu cerebro libera estas mismas sustancias químicas del apego. Este proceso biológico de vinculación explica por qué las relaciones extramatrimoniales descritas como «solo físicas» suelen desarrollar dimensiones emocionales que sorprenden a todos los implicados.
Las investigaciones sobre las variantes del receptor de vasopresina (AVPR1A) y los genes del receptor de dopamina (DRD4) sugieren que los factores genéticos pueden influir en la susceptibilidad a la infidelidad, aunque el tamaño del efecto es modesto y no debe interpretarse como determinista. La biología crea tendencias, no destinos.
Cuando falla la autorregulación
Tu corteza prefrontal actúa como el centro de control ejecutivo de tu cerebro, ayudándote a alinear tu comportamiento con tus valores y compromisos a largo plazo. La falta de sueño, el estrés crónico y el consumo de alcohol merman el funcionamiento de esta región. Cuando tu corteza prefrontal se ve afectada, eres más propenso a actuar siguiendo impulsos que normalmente inhibirías.
El cortisol, tu principal hormona del estrés, desempeña un papel significativo en este sentido. Los niveles elevados de cortisol impulsan un comportamiento de huida, haciendo que una aventura amorosa se perciba como un alivio frente a una presión abrumadora, más que como una traición. Las investigaciones sobre la testosterona y la infidelidad revelaron que el 37,5 % de los hombres con niveles más altos de testosterona declararon una mayor frecuencia de comportamientos infieles, lo que sugiere que los factores hormonales interactúan con las respuestas al estrés de formas complejas.
Comprender estos mecanismos neurológicos no justifica la infidelidad, pero sí proporciona un marco para abordarla. Los enfoques cognitivo-conductuales pueden ayudar a reforzar la autorregulación de la corteza prefrontal, enseñándote a reconocer situaciones de alto riesgo antes de que el sistema de recompensa de tu cerebro tome el control.
Cómo los diferentes estilos de apego determinan los patrones de infidelidad
La forma en que aprendiste a relacionarte con los demás durante la infancia crea un modelo que influye en tus relaciones adultas, incluyendo cómo gestionas la cercanía, los conflictos y la vulnerabilidad. La teoría del apego identifica tres estilos de apego inseguro que las investigaciones relacionan sistemáticamente con diferentes patrones de infidelidad: ansioso, evitativo y desorganizado. Cada estilo conlleva motivaciones distintas para ser infiel, diferentes tipos de aventuras amorosas y respuestas emocionales únicas cuando se produce la infidelidad.


