Los matrimonios sin relaciones sexuales causan un daño psicológico cuantificable a ambas partes, pero los terapeutas e investigadores constatan sistemáticamente que el silencio que rodea a la pérdida de intimidad suele causar un daño igual o mayor que la propia falta de sexo, lo que genera un ciclo de distanciamiento, resentimiento y endurecimiento emocional que la terapia de pareja basada en la evidencia está específicamente preparada para abordar.
¿Y si lo más perjudicial de un matrimonio sin sexo no fuera en absoluto la falta de sexo, sino el silencio que se va instalando sigilosamente a su alrededor? Aquí descubrirás cómo el hecho de evitar esa conversación perjudica a ambos miembros de la pareja, en qué fase del proceso puede encontrarse tu relación y cómo volver a hablar.
¿Qué es un matrimonio sin relaciones sexuales?
Desde el punto de vista clínico, un matrimonio sin relaciones sexuales se define como aquel en el que los cónyuges mantienen relaciones sexuales menos de 10 veces al año. Ese umbral lo han establecido investigadores y terapeutas especializados en sexualidad, que lo utilizan como referencia general, no como una regla estricta. Los estudios sugieren que, aproximadamente, entre el 15 % y el 20 % de las parejas casadas se encuentran en esta categoría en un momento dado, lo que lo convierte en algo mucho más habitual de lo que la mayoría de la gente cree.
Pero la cifra en sí misma solo cuenta una parte de la historia. Las investigaciones sobre la calidad sexual en las relaciones muestran que la frecuencia importa mucho menos que el hecho de que ambos miembros de la pareja se sientan genuinamente conectados y satisfechos. Una pareja que mantenga relaciones sexuales dos veces al año y se comunique abiertamente puede llevar una relación mejor que otra que lo haga una vez al mes mientras se guardan rencor en silencio.
Esa distinción es la clave de lo que viene a continuación. La falta de sexo puede poner a prueba un matrimonio, pero el silencio que la rodea suele causar un daño igual, si no mayor, a ambos miembros de la pareja. Cuando ninguno de los dos pone nombre a lo que está pasando, la distancia crece por sí sola.
Cómo afecta un matrimonio sin sexo a la pareja con mayor deseo
Para la pareja que desea más intimidad física, un matrimonio sin sexo rara vez se percibe como un inconveniente neutro. Cada intento de iniciación rechazado se acumula silenciosamente como una prueba y, con el tiempo, el mensaje que recibe el cerebro pasa de «no está de humor» a «no me quieren». Las investigaciones relacionan la reducción de la satisfacción sexual con un malestar psicológico notablemente mayor, lo que confirma que esta experiencia causa un daño real, no solo frustración.
La vergüenza que esto conlleva suele ser desproporcionada en relación con el sexo en sí. El rechazo repetido puede desencadenar una espiral en la que la pareja con mayor deseo empieza a sentirse fundamentalmente indeseable como persona, no solo como pareja sexual. Esto se traduce en una baja autoestima que se manifiesta en el trabajo, en las amistades y en su forma de comportarse en el día a día.
A nivel conductual, muchas de las personas con mayor deseo responden tomando la iniciativa con más frecuencia, con la esperanza de que la persistencia acorte la distancia. Esto es comprensible, pero a menudo resulta contraproducente. La mayor presión aleja aún más a la persona con menor deseo, creando lo que los terapeutas denominan un ciclo de «persecución-retirada»: cuanto más se acerca una de las personas, más se aleja la otra.
A nivel físico, el estrés crónico derivado de la falta de intimidad y el rechazo continuo puede alterar el sueño, debilitar la respuesta inmunitaria y aumentar la vulnerabilidad ante las aventuras emocionales. Cuando el resentimiento no se aborda durante el tiempo suficiente, puede convertirse en desprecio, lo que el investigador de relaciones John Gottman identifica como el factor predictivo más importante del divorcio. Nada de esto convierte a la pareja con mayor deseo en una víctima ni a la otra en un villano. Simplemente refleja lo que le cuesta a una persona una desconexión prolongada.
Cómo afecta un matrimonio sin sexo a la pareja con menos deseo
La mayoría de las conversaciones sobre los matrimonios sin sexo se centran en la pareja que desea más relaciones sexuales. Pero la pareja con menos deseo también sufre un dolor real, y comprender su experiencia es igual de importante.
Cada vez que su pareja toma la iniciativa, puede parecer menos una invitación y más una exigencia de rendimiento. Esa presión se acumula con el tiempo. El sexo deja de parecer una conexión y empieza a parecer una obligación que no logran cumplir. La culpa que sigue es una trampa en sí misma: sentirse culpable por no querer sexo hace que el sexo resulte aún menos atractivo, lo que genera más culpa, y el ciclo se endurece.
Para escapar de ese ciclo, muchas personas con menor deseo comienzan a alejarse de cualquier contacto físico. Una mano en el hombro, un abrazo prolongado, sentarse cerca en el sofá… todo ello empieza a parecerles peligroso. Les preocupa que cualquier muestra de calidez se interprete como una señal que no pretenden enviar. Este distanciamiento es una forma de autoprotección, no un rechazo, aunque rara vez se perciba así por parte de su pareja. Estos patrones de evitación suelen estar relacionados con estilos de apego más profundos que determinan cómo gestionan las personas la intimidad en situaciones de estrés.
Con el tiempo, muchas personas con menor deseo llegan a una conclusión dolorosa: hay algo en ellas que está fundamentalmente roto. Esa creencia es tan común como errónea. La investigadora sexual Emily Nagoski distingue entre el deseo espontáneo —desear sexo aparentemente de la nada— y el deseo reactivo —desear sexo solo después de que la intimidad o la excitación ya hayan comenzado—. Las parejas con menor deseo suelen tener un deseo reactivo, no un deseo ausente. La diferencia es enorme.
Cuando cada contacto se carga de expectativas, desaparece incluso el afecto no sexual. Ambos miembros de la pareja acaban ansiando la cercanía, aunque por razones diferentes.
La espiral del silencio: las 5 etapas de cómo el hecho de no hablar de sexo daña un matrimonio
La mayoría de las parejas no dejan de hablar de sexo en un momento dramático. Ocurre de forma gradual, casi imperceptible, a través de una secuencia predecible de evasión y retraimiento. Comprender esta secuencia, lo que llamamos la «espiral del silencio», puede ayudarte a reconocer exactamente en qué punto te encuentras y qué tipo de apoyo necesitas realmente.
Etapas 1 y 2: Del malestar a la evasión
Etapa 1: Incomodidad inicial. Uno de los miembros de la pareja, o ambos, se dan cuenta de que el sexo se ha vuelto menos frecuente, pero ninguno de los dos saca el tema. El mecanismo psicológico que opera aquí es el sesgo de normalidad, la tendencia de la mente a asumir que las situaciones inusuales volverán a la normalidad por sí solas. Te dices a ti mismo que solo es una época ajetreada, que es solo estrés, que es solo algo temporal. Así que no se dice nada.
Etapa 2: Evitación del tema. El sexo se convierte silenciosamente en aquello de lo que no se habla. Aquí es donde entra en juego la inseguridad en el apego. La inseguridad en el apego se refiere al miedo al rechazo o al conflicto que determina cómo se comportan las personas en las relaciones íntimas. La pareja que teme el rechazo deja de tomar la iniciativa. La pareja que teme el conflicto deja de pedirlo. Aquí se activa la trampa «ansiosa-evitativa»: una persona ansía la conexión y la otra se aleja ante la presión, y ambas se sienten cada vez más solas.
Etapas 3 y 4: Retirada emocional y física
Etapa 3: Retirada emocional. Sin ningún tipo de procesamiento verbal de lo que está sucediendo, ambas personas comienzan a distanciarse emocionalmente. La teoría polivagal, que describe cómo responde el sistema nervioso ante una amenaza percibida, ayuda a explicar esto: cuando se percibe que un tema es sistemáticamente inseguro de abordar, el sistema nervioso aprende a desconectarse en lugar de involucrarse. La intimidad no sexual —cosas como las largas conversaciones, los contactos físicos espontáneos y las risas compartidas— también empieza a desvanecerse. La ansiedad suele intensificarse en esta etapa, ya que cada miembro de la pareja intenta gestionar por su cuenta la creciente tensión.
Etapa 4: Distanciamiento físico. La distancia emocional acaba convirtiéndose en física. Se consolidan rutinas separadas. Los horarios para acostarse dejan de coincidir. Aumenta el espacio físico. El cuerpo simplemente refleja lo que ya ha ocurrido a nivel emocional. Esta etapa puede parecer una relación de compañeros de piso, y muchas parejas la describen como el momento en el que, por primera vez, se preguntaron seriamente si algo se había roto para siempre.
Etapa 5: Endurecimiento de las narrativas y la trampa de la ansiedad-evitación
Etapa 5: Endurecimiento de la narrativa. En esta etapa, cada miembro de la pareja se ha construido una historia interna fija sobre el otro. Uno piensa: «No se preocupa por mí». El otro piensa: «Es demasiado exigente y nada de lo que hago es suficiente». El psicólogo John Gottman denomina a esto «anulación del sentimiento negativo», un estado en el que incluso el comportamiento neutral o positivo de la pareja se interpreta a través de un prisma negativo. Los intentos de reconciliación, los pequeños gestos destinados a reconectar, ya no se reconocen como tales. Caen en saco roto o se descartan por completo.
Esta es también la razón por la que consejos como «simplemente habladlo» fracasan en la etapa 5. La urgencia de la persona que busca el contacto desencadena el cierre emocional de la persona que se retrae en un bucle que se refuerza a sí mismo, y ninguna de las dos partes puede alcanzar la calma necesaria para mantener una conversación sincera.
Cada etapa de la espiral del silencio requiere un tipo diferente de intervención. Lo que ayuda en la etapa 2 —una conversación suave y sin grandes riesgos sobre las necesidades— resulta sencillamente insuficiente en la etapa 5, donde el sistema nervioso está desregulado y ambas partes actúan partiendo de narrativas arraigadas. Reconocer en qué etapa te encuentras no tiene que ver con culpar a nadie. Se trata de saber a qué te enfrentas realmente.


