La matrescencia, la transformación biológica, psicológica y social que supone convertirse en madre, es una fase normativa del desarrollo tan significativa como la adolescencia, respaldada por la neurociencia, que demuestra una reestructuración cerebral duradera, y que se afronta mejor mediante enfoques terapéuticos basados en la evidencia, como la Terapia de Aceptación y Compromiso y la terapia narrativa, que ayudan a las madres a integrar una identidad en constante cambio.
La pérdida de identidad, la desorientación y el duelo que sienten muchas madres primerizas no son señal de que algo haya salido mal. Son la prueba de que está ocurriendo algo profundo. La matrescencia, la transformación del desarrollo que supone convertirse en madre, es tan significativa desde el punto de vista neurológico como la adolescencia; sin embargo, la mayoría de las mujeres la experimentan sin saber siquiera que tiene un nombre.
¿Qué es la matrescencia?
La mayoría de la gente nunca ha oído hablar de la «matrescencia», pero este término describe algo que millones de madres han sentido sin saber que existía un nombre para ello. La matrescencia es el proceso de convertirse en madre: un profundo cambio en el desarrollo que es a la vez biológico, psicológico y social. Piensa en ello como la adolescencia, pero aplicada a la transición hacia la maternidad. La palabra incluso se forma de la misma manera, reflejando intencionadamente «adolescencia» para indicar que se trata de una etapa de la vida de igual importancia.
El término fue acuñado por primera vez por la antropóloga Dana Raphael en 1973. En su tesis doctoral, dedicada a la lactancia materna y el cuidado infantil, Raphael se dio cuenta de que la atención cultural se centraba casi exclusivamente en el bebé, mientras que la propia transformación de la madre quedaba sin nombrar y, en gran medida, sin analizar. Introdujo el concepto de matrescencia para llenar ese vacío, argumentando que el nacimiento de una madre merecía tanta atención como el nacimiento de un hijo.
Durante décadas, la idea permaneció al margen del debate académico. Posteriormente, la Dra. Aurelie Athan, psicóloga reproductiva de la Universidad de Columbia, volvió a situarla en el punto de mira. Athan situó la «matrescencia» como una fase de desarrollo diferenciada dentro de la psicología clínica, una fase que merece el mismo estudio riguroso que cualquier otra transición importante de la vida. Su trabajo dotó a la definición de «matrescencia» de un marco moderno y abrió la puerta para que investigadores, terapeutas y las propias madres hablaran de este cambio con mayor precisión y compasión.
Lo que hace que este concepto sea tan significativo es lo que no es. La matrescencia no es un diagnóstico. No es depresión posparto, ansiedad ni ninguna otra afección clínica. Es un proceso normativo, lo que significa que toda persona que se convierte en madre lo atraviesa de alguna forma. Esto es de enorme importancia porque cuestiona directamente el mito cultural de que la maternidad amorosa y competente debería resultar fácil e instintiva desde el primer momento. Cuando la realidad parece más complicada que eso, el problema no eres tú. La dificultad forma parte del crecimiento.
La matrescencia ocupa un lugar central en la salud mental de las mujeres, algo que se ha subestimado durante demasiado tiempo. Darle un nombre es el primer paso para comprenderla.
Matrescencia y adolescencia: una comparación del desarrollo en paralelo
La afirmación de que convertirse en madre es tan transformador como la adolescencia no es una licencia poética. Está respaldada por la neurociencia, la endocrinología y la psicología del desarrollo. Cuando se comparan ambas etapas en ocho dimensiones fundamentales, el paralelismo es sorprendente y replantea la matrescencia no como un acontecimiento vital, sino como una auténtica fase de desarrollo.
Cambios cerebrales. La adolescencia remodela el cerebro mediante la poda sináptica y la maduración gradual de la corteza prefrontal, un proceso ampliamente documentado por investigadores como Blakemore y sus colegas. La matrescencia desencadena su propia forma de remodelación neuronal: las investigaciones sobre la matrescencia como etapa de desarrollo diferenciada con neuroplasticidad duradera muestran que las madres primerizas experimentan reducciones en el volumen de materia gris en regiones relacionadas con la cognición social. Hoekzema et al. (2017) descubrieron que estos cambios persisten hasta seis años y pueden agudizar la capacidad de la madre para interpretar las necesidades de su bebé.
Cambios hormonales. La pubertad se caracteriza por picos drásticos de estrógeno y progesterona. La matrescencia produce oscilaciones hormonales de magnitud comparable, con la fuerza añadida de la oxitocina que inunda el sistema durante el parto y la lactancia. Ambas etapas crean un entorno neuroquímico que resulta verdaderamente desestabilizador y, en ambos casos, esas fluctuaciones pueden derivar en trastornos del estado de ánimo que merecen atención clínica en lugar de ser ignorados.
Formación de la identidad. Los adolescentes se esfuerzan por integrar su yo infantil en una identidad adulta emergente, a menudo con ambivalencia y pesar por quienes solían ser. Las madres primerizas se enfrentan a la misma tarea psicológica: entrelazar su identidad prematerna con la materna. El cambio de identidad que exige la maternidad no es una simple suma. Se trata de una reorganización, y el duelo que puede acompañarla es una parte normal de ese proceso.
Cronología. La adolescencia suele durar entre siete y diez años. La matrescencia no tiene un punto final fijo, pero las investigaciones actuales sugieren que los cambios neurológicos fundamentales se estabilizan en algún momento entre los dos y los seis años tras el parto. Saber esto ayuda: la desorientación que sientes al inicio de la maternidad no es permanente.
Reestructuración social. Ambas etapas implican una renegociación total de las amistades, los roles familiares y el sentido de pertenencia. Las relaciones antiguas cambian de significado, se forjan otras nuevas en torno a experiencias compartidas y algunas conexiones se disuelven silenciosamente.
Regulación emocional. Una mayor reactividad emocional y un descenso temporal de la función ejecutiva —la capacidad del cerebro para planificar y controlar los impulsos— son rasgos característicos tanto de la adolescencia como de la matrescencia temprana. Se trata de un fenómeno biológico, no de una debilidad.
Alteración de la imagen corporal. Ambas etapas traen consigo cambios físicos rápidos e involuntarios a los que la mente debe adaptarse. El trabajo psicológico que supone integrar un cuerpo transformado es real y, a menudo, se subestima en las madres primerizas.
Necesidades de apoyo. Los adolescentes prosperan con la tutoría, la conexión con sus iguales y la orientación profesional. El aislamiento y el hecho de que se minimice su experiencia les perjudican. Lo mismo ocurre con las madres en la matrescencia. El paralelismo no es solo biológico. Es un llamamiento a ofrecer a las madres primerizas el mismo apoyo estructurado y compasivo que ya reconocemos como esencial durante la adolescencia.
En conjunto, estas ocho dimensiones lo dejan claro: la matrescencia, al igual que la adolescencia, no es una metáfora. Es una realidad del desarrollo.
Lo que realmente demuestra la neurociencia
Durante décadas, las mujeres han afirmado sentirse mentalmente confusas, emocionalmente vulnerables y fundamentalmente diferentes tras dar a luz. La ciencia, en su mayoría, se encogió de hombros. Eso cambió en 2017, cuando la neurocientífica Elseline Hoekzema y sus colegas publicaron una investigación histórica que demostraba que los cerebros de las madres primerizas experimentan cambios estructurales significativos y cuantificables durante y después del embarazo. Los hallazgos lo replantearon todo. Lo que antes se descartaba como «cerebro de mamá» resultó ser evidencia de una profunda transformación neuronal.
Los cambios cerebrales propios de la «matrescencia» identificados en esta investigación se centran en la reducción del volumen de materia gris en regiones específicas. La materia gris es el tejido implicado en el procesamiento de la información, y la pérdida de volumen en ella puede parecer alarmante en un primer momento. La palabra clave aquí es «especialización». Las investigaciones sobre las adaptaciones estructurales del cerebro durante la transición a la maternidad confirman que esta remodelación refleja que el cerebro se vuelve más eficiente, no menos capaz. Piensa en ello como en la reforma de una casa: podrías derribar una pared para crear un espacio abierto más funcional. La superficie disminuye, pero la vivienda se adapta mejor a tu forma de vivir en ella.
Las regiones más afectadas incluyen la corteza prefrontal, la corteza cingulada posterior y áreas de la red por defecto, que es el sistema cerebral encargado del pensamiento social y el procesamiento autorreferencial. En conjunto, estas forman lo que los investigadores denominan la red de la «teoría de la mente», los circuitos que utilizas para interpretar las emociones y las intenciones de otras personas. En las madres primerizas, esta red parece estar ajustada con precisión para una tarea específica y urgente: comprender y responder a un bebé que aún no puede hablar.
Uno de los hallazgos más llamativos del estudio de Hoekzema et al. fue que estos cambios eran tan consistentes entre todas las participantes que un simple escáner cerebral bastaba para distinguir a las madres de las mujeres que no lo eran con una precisión casi perfecta. La neurociencia del cerebro materno en este caso es inequívoca: convertirse en madre deja una huella biológica detectable. Estos cambios también persisten. Las pruebas sugieren que duran al menos dos años tras el parto, y algunos datos apuntan a seis años o más. Ese plazo se ajusta casi exactamente al marco de la «matrescencia», lo que respalda la idea de que la nueva maternidad es una etapa del desarrollo, no solo un acontecimiento vital.
Las hormonas impulsan gran parte de esta reconfiguración. La oxitocina y la prolactina, cuyos niveles aumentan durante el embarazo y la lactancia, remodelan los circuitos de recompensa del cerebro para que el cuidado de los hijos resulte motivador y significativo. Esto crea la base neurológica para el vínculo afectivo. Este proceso no es instantáneo, y no se vive de la misma manera por todas las madres. El reajuste de las conexiones lleva tiempo, lo que ayuda a explicar por qué la intensidad emocional de los primeros momentos de la maternidad puede resultar tan desorientadora, incluso cuando no pasa nada malo.
En cuanto al «cerebro de mamá», esa experiencia muy real de olvidos y falta de concentración refleja una reasignación de los recursos cognitivos, no un deterioro permanente. Tu cerebro está ejecutando en todo momento un nuevo y exigente proceso en segundo plano. Parte de la capacidad se reasigna. Con el tiempo, a medida que se completa la renovación neuronal, esa carga cognitiva tiende a estabilizarse.
¿Qué ocurre durante la matrescencia?
La matrescencia afecta prácticamente a todos los aspectos de tu vida a la vez. Los cambios físicos, psicológicos, relacionales y profesionales no llegan uno a uno en una secuencia ordenada y manejable. Se producen al mismo tiempo, se solapan y se amplifican entre sí. Entender cada ámbito por separado te ofrece una visión más clara de lo que estás viviendo.
Cambios físicos y neurológicos
Tu cuerpo tras el parto no es simplemente un cuerpo que ha dado a luz a un bebé. Las hormonas que se dispararon durante el embarazo caen en picado en el periodo posparto, lo que afecta al estado de ánimo, la energía y la cognición de formas que pueden resultar desorientadoras. La falta de sueño va más allá del cansancio: el sueño fragmentado altera la estructura del descanso que tu cerebro necesita para consolidar la memoria y regular las emociones. Si estás dando el pecho, la prolactina y la oxitocina siguen remodelando tu fisiología durante meses. Quizá lo más significativo sea el cambio del sistema nervioso hacia la hipervigilancia, un estado de alerta intensificada que te mantiene atenta a cada sonido y movimiento de tu bebé. Se trata de una adaptación biológica, pero también significa que tu nivel básico de excitación es fundamentalmente diferente de lo que era antes.
Cambios psicológicos y emocionales
Los cambios emocionales que experimentan las madres primerizas rara vez se reducen solo a la alegría o al agotamiento. La ambivalencia es uno de los aspectos más comunes y menos comentados de la matrescencia: puedes desear profundamente a este hijo y, al mismo tiempo, sentir nostalgia por tu yo anterior, por la libertad y por la vida que tenías antes. Estos sentimientos no se anulan entre sí. La fragmentación de la identidad también es habitual: la sensación de que la persona que eras ya no está plenamente presente, mientras que la persona en la que te estás convirtiendo aún no se ha formado del todo. Aquí también aparece el síndrome del impostor, esa sensación persistente de que todos los demás saben cómo hacer esto y solo tú estás improvisando. A todo esto se suma la presión del mito de la «buena madre», un estándar culturalmente construido de maternidad desinteresada, sin esfuerzo e instintiva que ninguna persona real puede cumplir realmente.
Reestructuración de las relaciones
La matrescencia reorganiza casi todas las relaciones a tu alrededor. Las parejas se enfrentan a una tensión real a medida que cambian los roles y la labor de cuidar de los hijos, a menudo distribuida de forma desigual, se convierte en una fuente de tensión. Las amistades con personas que no tienen hijos pueden distanciarse silenciosamente, no por falta de cariño, sino por una brecha creciente en la realidad cotidiana y el tiempo disponible. Las dinámicas de la familia de origen suelen resurgir: viejos patrones y tensiones sin resolver que el embarazo y la nueva maternidad parecen volver a poner de relieve. También existe una paradoja particular que describen muchas madres primerizas: sentirse profundamente solas sin estar casi nunca físicamente solas. La proximidad constante a un bebé no es lo mismo que la conexión.
La crisis de identidad profesional
Para muchas mujeres, la identidad profesional es una parte importante de cómo se perciben a sí mismas. La matrescencia puede fracturar eso. La reincorporación al trabajo tras la baja suele poner de manifiesto una dolorosa brecha entre quién eras profesionalmente y quién eres ahora, no porque tus habilidades hayan desaparecido, sino porque tus prioridades, tu capacidad para adaptarte a los antiguos ritmos y tu percepción de lo que importa han cambiado. La ambición no se desvanece, pero a menudo hay que renegociarla. El «muro maternal», una forma bien documentada de sesgo laboral en la que se percibe a las madres como menos comprometidas o menos competentes, añade una capa externa de presión a una lucha que ya es interna. Lo que muchas mujeres acaban descubriendo es que las identidades profesional y maternal no se sustituyen entre sí. Se integran, a veces de forma torpe, en algo nuevo.
Ninguno de estos cambios sería fácil por sí solo. Juntos, interactuando y acumulándose a lo largo de semanas y meses, explican por qué la matrescencia puede resultar abrumadora, incluso cuando no se puede señalar una cosa concreta que vaya mal.


