La terapia virtual con profesionales licenciados en salud mental puede generar cambios significativos en el bienestar emocional en tan solo cuatro semanas, ayudando a superar la ansiedad, baja autoestima y falta de motivación mediante técnicas terapéuticas basadas en evidencia como la terapia cognitivo-conductual y ejercicios de autocompasión.
¿Puede la telesalud y bienestar emocional transformar tu vida en solo un mes? La historia de Michael demuestra que sí. Descubre cómo la terapia virtual le devolvió la esperanza, la autoestima y el impulso para ser la persona que siempre quiso ser, incluso cuando todo parecía perdido.
¿Por qué cada vez más personas eligen la terapia virtual?
Cada día aumenta el número de adultos que deciden trabajar con profesionales de la salud mental, y la tendencia no muestra signos de detenerse. Dar ese primer paso hacia el apoyo terapéutico puede parecer intimidante, pero las historias de quienes ya lo han hecho demuestran que vale la pena. Michael es uno de ellos. Su recorrido por distintas modalidades de atención psicológica hasta hallar la que realmente transformó su vida puede servirte de inspiración si estás considerando iniciar tu propio proceso terapéutico.
«Lograr ser quien realmente quiero ser»: el testimonio de Michael
Nota: Antes de iniciar, modificar o detener cualquier tratamiento farmacológico, consulta siempre con un profesional médico, ya sea tu médico general o un psiquiatra.
«Quiero empezar reconociendo algo importante: aunque la conexión emocional con mis padres era limitada y teníamos nuestras diferencias, ellos nunca dejaron de darme hogar, alimento, vestimenta y seguridad básica. Eso lo aprecio profundamente.
El apoyo psicológico ha marcado mi trayectoria vital de manera significativa. Cuando cursaba el segundo año de primaria, mis padres tomaron la decisión de llevarme con un psiquiatra. El motivo era claro: desde muy pequeño batallaba enormemente para concentrarme en las tareas. Tras esa primera consulta, recibí el diagnóstico de trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH).
Los primeros años: búsqueda de tratamiento adecuado
Comencé un proceso que involucró varios psiquiatras distintos y la experimentación con diferentes medicamentos destinados a controlar los síntomas. La situación se complicaba por una condición particular: había nacido con exposición a opiáceos, lo cual implicaba que mi organismo podía generar adicción con facilidad a determinados fármacos. Por esta razón, el psiquiatra debía ser extremadamente cauteloso al momento de seleccionar los medicamentos apropiados.
Hacia el término de mi educación primaria, logramos dar con un psiquiatra que me acompañó durante toda la etapa de secundaria y más allá. Este especialista no solo atendía mi bienestar psicológico, sino que también asumió el rol de orientador para toda la familia, realizando encuentros mensuales presenciales donde ocasionalmente se integraba también mi hermano.
Desde edad temprana, el vínculo con mi madre se fue fracturando poco después de que me adoptaran, mientras que mi padre constantemente se encontraba «atrapado entre ambos». Esta problemática familiar dominó las conversaciones durante nuestras sesiones de terapia familiar.
Cuando las sesiones dejaron de ayudar
En los comienzos, percibía que las sesiones me aportaban valor, si bien nunca experimenté que los fármacos modificaran realmente mi forma de pensar. El psiquiatra me proporcionó herramientas para avanzar. No obstante, a medida que pasaban los años, poco a poco me convertí en el «chivo expiatorio» familiar, esa figura sobre quien todos proyectan sus frustraciones y a quien responsabilizan de los conflictos.
Paulatinamente, las soluciones que me ofrecía mi psiquiatra fueron perdiendo utilidad práctica. Llegó un momento en que me sentía bajo ataque constante y desarrollé una imagen propia devastadora: me veía como alguien indigno de alegría, destinado al fracaso permanente. Tal vez no hubo intención de dañar, pero el impacto en mi salud física y emocional fue profundo. Terminé rechazando las citas porque me perjudicaban más de lo que me beneficiaban.
La universidad: un cambio de perspectiva
Durante mis años universitarios, probé la psicoterapia con un terapeuta, una experiencia totalmente diferente. De inmediato noté la diferencia: por fin sentía que había alguien dispuesto a escucharme de verdad. Este profesional me impulsó a comenzar mi sanación personal y me permitió comprender que no todo merecía mi culpa y que aspirar a la felicidad era legítimo.
Lamentablemente, el programa universitario me restringía a únicamente ocho sesiones. Posteriormente, debería encontrar atención en otro sitio. Dado que mi personalidad es afectuosa y sociable, tiendo a desarrollar vínculos emocionales rápidamente, incluso con mis terapeutas. La idea de reiniciar todo el proceso con un desconocido, tras haber construido esa relación de confianza, me resultaba insoportable. Así que abandoné completamente la terapia.
ReachLink y la telesalud: un nuevo comienzo
Hace aproximadamente un mes, toqué fondo. Problemas de salud sin identificar me obligaron a renunciar a mi empleo, me hallaba aislada en una ciudad que no conocía con prácticamente ningún respaldo, y no podía estar presente para mi hijo de la manera que deseaba. La sensación de estar acorralada frente a un muro imposible de escalar me dominaba por completo.
Al enterarme de las alternativas de terapia virtual, resolví intentarlo nuevamente. Contacté a mi padre, quien aceptó colaborar económicamente y me asistió en el proceso de registro en los servicios de asesoramiento en línea que ofrece ReachLink.
Agradezco infinitamente esa decisión, porque llegué a un punto donde solicitar ayuda profesional dejó de ser opcional para convertirse en necesidad vital. Estoy comprometida a brindarle a mi hijo la existencia que merece y a cumplir mis propósitos de apoyar a mi familia y amistades para generar transformaciones positivas en el mundo.


